29/08/2013
El profesor y editor Gonzalo Pontón publicaba hace poco en "Babelia" un artículo titulado provocativamente "Ojalá que se extingan los escritores" en el que venía a decir que uno de los gozosos efectos colaterales que va a tener el nuevo modelo de mercado digital en lo concerniente a la literatura será la extinción del escritor profesional. Ya éste no podrá esperar que un editor le firme contratos sustanciosos por obras no escritas, y cada cual, decía Pontón con harto optimismo y nula ciencia, escribirá lo que tenga que escribir y ni una sola palabra más. Pontón recordaba que la figura del escritor que vive de lo que escribe es relativamente nueva -del XIX- y que durante siglos poetas y narradores han hecho lo que tenían que hacer sin esperar satisfacción económica. Así que esa vuelta a la antigüedad -que no es tan así, Marcial cobraba una pasta por cada epigrama que se le encargaba, y en cuanto al encargo que Augusto le hizo a Virgilio y del que resultó la "Eneida" ni hablamos: pero es mejor no poner ejemplos, para cualquier cosa, en este asunto como en tantos otros, se pueden apilar ejemplos que demuestren una cosa y su contraria- es una estupenda noticia que mejorará la literatura, o por lo menos no la va a ensuciar tanto como la ha ensuciado el mercado, con la consiguiente proliferación de escritores jóvenes criados en la estúpida fe de que podrían vivir de lo que escribían. Como los jóvenes escritores van a ver enseguida que no pueden esperar cobrar una peseta por lo que escriben, sólo escribirán los mejores, parece esperar Pontón, confundiendo tenacidad con talento y volviendo al supurado asunto de que escribir tiene que ser una necesidad del alma, que no sé cómo se ha elevado a lugar común. Escribir puede ser una necesidad o un pasatiempo: no hay nada que previamente indique que la tormentosa angustia que padece un viudo al que se le han suicidado sus ocho hijos vaya a producir un artefacto literario más convincente que las invenciones de una dama que, por librarse de el calor, se pone a fantasear con robots pornográficas.
Dice Pontón que no hay temor de que la literatura se extinga porque se extingan los escritores profesionales, repitiendo a Bécquer, que estaba seguro de que podrá no haber poetas pero habrá poesía (hay siglos enteros que le quitan la razón, el XVIII en España por ejemplo, clara prueba de que durante algunas temporadas puede no haber poesía en parte alguna pero hay poetas por todas partes). Y a la pregunta que, al parecer, cierto novelista -cuyo nombre no se cita- se hacía, pecando de ingenuo ciertamente, sobre quién escribirá de amor, del dolor, de la vida y la muerte cuando un escritor no pueda esperar recompensa económica por lo que escriba, Pontón responde que escribirán los que siempre han escrito, los que lo necesitaban, usted mismo si tiene algo que decir
, concluye Pontón guiñándole un ojo al sabio público. Es curioso que siempre que alguien carga contra los escritores profesionales fije su atención en la basura producida por estos y no en las obras maestras, y es más curioso todavía que suela ser alguien a quien no le extraña ni le parece pernicioso haber vivido, profesionalmente, de la literatura -como editor, como profesor- sin que esa profesionalidad pareciese menoscabar por una parte su vocación y por otra su talento. Ahora, si quien se hace profesional es el escritor, entonces sí, entonces la vocación se ve mermada y el talento, exigido por el mercado, se va al carajo. Nula ciencia, ya digo. Dice Pontón que la literatura requiere por supuesto oficio, pero que no debería, como la política, haberse convertido en un oficio. Y como frase está bien, pero volvemos a lo de los ejemplos: depende. ¿Por qué no iban a ser de oficio escritor Benito Pérez Galdós o Scott Fitzgerald?
Según la tesis de Pontón, la literatura que se hace en Mauritania, donde no hay un solo escritor que cobre un céntimo por lo que escribe, es muy superior -dada su pureza no contaminada por el dinero- a la que se hace en los Estados Unidos, donde no hay un solo escritor que no espere cobrar por lo que escribe. La profesionalización que muere ahora en el nuevo modelo de negocio que se nos viene encima, sí, sin duda, habrá producido montañas de basura, vertederos enteros, pero no más que el amateurismo: lo malo de presentar las cosas como las presenta Pontón es que se da pie a pensar que sólo porque uno no vaya a cobrar por lo que escribe, ya lo que escribe es mejor o tiene más sentido que si se hubiera escrito esperando cobrar lo que sea...
Por Juan Bonilla (ElMundo.es)
Etiquetas: Babelia, Bécquer, Benito Pérez Galdós, editor, escritor, escritor profesional, extinción, Ojalá que se extingan los escritores, poetas, Scott Fitzgerald

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