05/08/2013
Una creatividad libre de toda angustia de las influencias explica la diversidad y riqueza de los libros que surgen últimamente en América Latina. El auge del yo —ficcionalizado o no— que convierte la intimidad en literatura, una mirada no ideológica sobre la política, ritmos más propios del viaje iniciático que del exilio y variedad de historias pequeñas, fragmentarias —con tramas que van de la anécdota amorosa o familiar al policial o al humor, eludiendo la corrección política— dominan las tramas. Relatos que no se escriben contra nada, pero que tampoco aspiran a ser embajadores de un mapa ni a representar una identidad nacional o local, aunque a veces el pasado reciente resuene o el paisaje propio se imponga casi con la fuerza de un personaje, porque por fortuna —mal que le pese a la globalización— olemos a un lugar, sabemos a él.
Como en la vida, en la literatura hay capas, palimpsestos, y se escribe sobre lo ya escrito. Pero hoy nada urge y ese "vale todo" es la clave de lo nuevo. El boom latinoamericano —fenómeno que en los años sesenta y setenta del siglo pasado exportó universos complejos como los de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Julio Cortázar— no es mandato a seguir ni fantasma que sacudirse de encima. Algo que sí sintieron necesario los autores nacidos en torno a 1960 y publicados en McOndo, la antología editada por los chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez en 1996, que dinamitaron el realismo mágico y pusieron en página smog, centros comerciales y "latidos digitales".
Si les dieran a elegir hoy, muchos jóvenes escritores latinoamericanos iniciarían en Roberto Bolaño —nacido en Chile, forjado en México, que escribió en Cataluña con la desesperación del que no tiene demasiado tiempo la mayoría de su obra y devenido autor de culto tras su temprana muerte en 2003— el linaje que los define. Algo de esto se insinuaba ya en Bogotá 39, el encuentro en la capital colombiana de 39 autores de 17 países del continente, menores de 39 años y con al menos una obra publicada, durante el Hay Festival 2007. A pesar de su juventud, algunos eran ya veteranos en las letras (el mexicano Jorge Volpi, la ecuatoriana Gabriela Alemán y el argentino Pedro Mairal, entre ellos). Muchos de esos nombres se reencuentran en este reportaje, pero han surgido nuevas voces, aunque la distribución deficiente de las obras siga siendo un obstáculo para saber qué se cuece hoy y con qué ingredientes en América Latina
No hay producción en serie, no hay cables conductores maestros, cada quien busca por su lado, saca punta a su propio lápiz
, destaca de esta hora el nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), para quien aún en los escritores muy jóvenes se verifica el primero de los signos de la calidad literaria: la pasión por la búsqueda, no repetir a los de antes, experimentar con el lenguaje y con los temas, alejarse de lo tradicional
. Ex vicepresidente de su país y ganador del Premio Alfaguara de Novela por Margarita, está linda la mar, Ramírez señala menos inserción ideológica, menos tendencias, menos escuela
. Con todo, la libertad no supone, a su juicio, ausencia de realidad política en las ficciones. Con una nota distintiva: se trata, afirma, del pasado familiar escrito por los hijos y juzgado por ellos, como en El espíritu de mis padres viene subiendo con la lluvia, del argentino Patricio Pron
(Mondadori).
El caso de este autor rosarino, nacido en 1975 y afincado en Madrid es similar al del peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), autor entre otras de Óscar y las mujeres (Alfaguara): hijos de familias con ecos de militancia o exilio, que eligen su vida en un mapa distinto del de origen y escriben con las alforjas llenas de ambos mundos. De la misma generación y residente también en la Península desde 2005 es Sergio Galarza (Lima, 1976), que acaba de publicar JFK (Candaya), segundo libro de su trilogía madrileña. Forzada en generaciones anteriores por razones políticas, la residencia en el extranjero —estadía más que mudanza en ocasiones— es hoy casi una seña de identidad del oficio de escribir: no hay autor que por su trabajo en universidades, sus tareas como traductor o su deseo de contactar con centros editoriales, no dé cuenta de becas, seminarios o premios que le permitan salir del terruño. De allí que cuando hablamos de literatura latinoamericana debamos sincerar algunas ficciones que se escriben en Europa, en EE UU o más lejos (tal el caso de Andrés Felipe Solano (Colombia, 1977), autor de Los hermanos Cuervo, que vive actualmente en Corea).
Lo nuevo no siempre es tecno. Mi impresión general es que con las nuevas tecnologías no aparecieron los nuevos géneros que solían prometerse; más bien se reformularon algunos de larga data: la vuelta al aforismo con Twitter y la reactivación del diario personal con el blog
, apunta Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), premio Herralde de Novela 2007 y autor de la reciente Cuentas pendientes (Anagrama), donde la vida de Lucio Giménez, un jubilado que debe varios meses de alquiler que no piensa pagar al dueño de casa, le permite trabajar el punto de vista y explorar una cotidianidad en descomposición, sin renunciar a ciertas marcas históricas (un pasado de apropiador de hijos de desaparecidos, que no sería esencial, pero que Kohan elige como prehistoria significativa). El presente, subraya, no obliga a nada: Sabemos que la literatura del boom, aun con lo que tuvo de valiosa, condujo a una reducción estereotipada de la identidad latinoamericana. Hoy podemos ser perfectamente indiferentes a esa clase de expectativas, es decir, no encajar en el modelo de lo que se espera de lo latinoamericano, pero sin la presión de activar parricidios y rupturas
.
¿Qué formas toma esa diversidad? Todas las imaginables. Aunque el paisaje es predominantemente urbano, hay excepciones. El desierto a bordo de una camioneta rumbo a Iquique, donde el protagonista se someterá a un tratamiento dental, es el que escoge Diego Zúñiga (Chile, 1987) para Camanchaca (Mondadori), su primera y contundente novela: la historia de un divorcio y de la vida de hijo y padres, después de ese cisma privado. Otra familia y otra carretera enmarcan Hablar solos, de Andrés Neuman (Alfaguara), que renueva por el abordaje que se da a la experiencia de la pérdida y las contradicciones de quien cuida a un enfermo. Selva Almada (Entre Ríos, 1975) escribe de la Argentina que mejor conoce: pueblos chicos donde llegan pastores evangélicos alterando la calma de la siesta; resentimientos rumiados por años, mientras el calor agobiante del litoral auspicia hervideros de sangre en forma de sexo o de ajustes de cuentas. Algunos hallan en su obra —las novelas El viento que arrasa y Ladrilleros, y los relatos de Una chica de provincia— parecidos con la de Juan José Saer, autor al que Almada —publicada por Mardulce— dice conocer poco, mientras sitúa deliberadamente sus relatos en contextos donde la tecnología no ha llegado (algún momento de los noventa, antes de que las computadoras estuvieran por todas partes).
El ambiente rural también es escenario de Los Malaquías (Edhasa), de la brasileña Andréa del Fuego (São Paulo, 1975), quien en su aclamada primera novela para adultos (ganó el Premio José Saramago 2011, pero tiene varios libros anteriores para niños) sigue las andanzas de Nico, Antônio y Júlia, tres huérfanos devenidos tales porque un rayo partió —literalmente— la vida de sus padres. La mirada infantil se reencuentra en otras ficciones: intenta entender un astillado universo familiar tras la muerte súbita de la hermana del protagonista en El amor nos destrozará (Tusquets), primera novela del argentino Diego Erlan (Tucumán, 1979) y permite rebobinar la historia reciente de Chile en Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra (Santiago, 1975), que lo confirma como uno de esos autores cuyos libros esperamos.
Es una niña también, Lilith, la que fascina a José, que no es otro que el nazi Josef Mengele, cuyo presunto paso por Bariloche imagina Wakolda, de Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976), convertida en el filme homónimo aplaudido en el Festival de Cannes. Esta talentosa directora y narradora ejemplifica un rasgo de muchos jóvenes autores: su profunda vinculación con el cine. Una zona de encuentro de la que participan (la lista es incompleta, como todas) además de los mencionados Del Fuego y Roncagliolo, la escritora y actriz cubana Wendy Guerra (La Habana, 1970), autora, entre otros, de la varias veces premiada y traducida Todos se van (Bruguera), y también, Rodrigo Hasbún (Bolivia, 1981), guionista y autor de la inquietante El lugar del cuerpo (Alfaguara), que en poco más de cien páginas cuenta la historia de Elena, quien tras una infancia oscura coquetea con la muerte a lo largo de toda su juventud, en una trama en la cual escritura y sexo se conjugan inevitablemente.
Las migraciones amplían el territorio de la lengua. Sergio Ramírez reconoce la "transgresión" de llamar la atención sobre los autores de origen latinoamericano que escriben en inglés y renuevan: Es una nueva modalidad de nuestra literatura joven, producto de uno de los grandes fenómenos del tiempo presente, la emigración, la lengua que viaja y se asienta fuera, lo que me gusta llamar ‘la lengua mojada’: Daniel Alarcón, Junot Díaz, Francisco Goldman. La lista es muy larga; hay abundancia, buena abundancia
.
En la Academia se estudia ya hasta qué punto las creaciones de estos "l@tino writers" que provienen del Caribe hispano podrán influir o redibujar el mapa de esas literaturas nacionales. Tal es el caso de la investigación presentada en el seminario ALLICCO 2013, en París, por Rita de Maeseneer, de la Universidad de Amberes, centrada en las obras de dos autores dominicanos residentes en Nueva York: el multipremiado Junot Díaz (Santo Domingo, 1968), Pulitzer 2008 por La maravillosa vida breve de Óscar Wao, y la actriz y escritora Josefina Báez (1960), autora, entre otros, de los poemas que se transformaron en performance en Dominicanish. El trabajo (que será publicado por la revista Pasavento, junto con otras ponencias sobre los efectos de la globalización en formas y lenguajes de la literatura contemporánea en español), presta especial atención a cómo tratan estos autores de la diáspora dominicana la noción de hogar (home), que implica en ocasiones una idealización del lugar de origen frente a la visión negativa del sitio de llegada. Tanto Díaz como Báez cuestionan ese lugar común, dando testimonio de lo difícil que es ser ajeno, o no del todo propio, en ambos países. Hogar es donde está el teatro
, escribe Báez en Dominicanish; Ella era dominicana de aquí
(refiriéndose a Estados Unidos), afirma Yunior, álter ego de Díaz, en uno de los relatos del reciente Así es como la pierdes (Mondadori).
Por Raquel Garzon (ElPaís)
Etiquetas: escritores, América Latina, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Alberto Fuguet, Sergio Gómez, Roberto Bolaño, Jorge Volpi, Gabriela Aleman, Pedro Mairal, Sergio Ramírez, El espíritu de mis padres viene subiendo con la lluvia, Santiago Roncagliolo, Óscar y las mujeres, Sergio Galarza, Los hermanos Cuervo, Martín Kohan, Cuentas pendientes, Diego Zúñiga, Camanchaca, Selva Almada, El viento que arrasa, Ladrilleros, Andréa del Fuego, Diego Erlan, El amor nos destrozará, Formas de volver a casa, Alejandro Zambra, Lucía Puenzo, Wendy Guerra, Rodrigo Hasbún, El lugar del cuerpo, Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, Josefina Báez

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