14/06/2013
La riqueza de un universo creativo puede tener raíces insospechadas. El temor infantil, que la autora examina en algunos recuerdos, se transforma A veces en literatura.
La vida es una sinfonía y sus acordes vibran en variadas claves; suele disfuncionarse lo que no significa denigrarse sino dislocarse hacia lo misterioso. Aconteció conmigo: a los cuatro años lloraba desde las dos hasta las cuatro de la tarde, porque quería ir desesperadamente a Japón mientras miraba el paisaje que decoraba una taza de porcelana. Angustiada a causa del entorno de la casa, del barrio, de las gentes, los comparaba con la ambientación casi bucólica que decoraba la tacita. Los demás, distraídos en sus individuales discapacidades, no me advertían.
Soy especializada en Psicología, la ciencia de la conducta humana, y me entrené en la lectura de tests (como el de las diez famosas láminas de Roschach) con el Dr. Bella Székeli, que dictó clases en La Plata. Pero generalmente mi intuición adelanta el porqué de las conductas. No hace falta aplicar test alguno; bastaría con asistir a ciertos actos multitudinarios y deternerse en los rostros y en los gestos de otras personas. El sujeto sentado como uno más de un grupo, algo distraído, observa con atención las puntas de sus dedos o manifiesta tics nerviosos no demasiado frecuentes: puede ser alguien diferente. O ese otro demasiado gesticulador y elocuente, desbordado de extrema cortesía que no deletrea ni una frase de un libro o de un diario.
Escribo desde el umbral de mi propia disfuncionalidad, porque nunca pude actuar como el prójimo. Yo formaba parte de un grupo de semejantes, de modo que no molestaba, porque cada cual manejaba de acuerdo a su discapacidad. Aunque a veces, alguno, saliéndose de órbita, desubicaba en demasía a los otros.
Puedo traer a la luz las horas de aquellos estados espirituales infantiles. Las fobias menudeaban: la claustrofobia fue un ataque común en la familia. Pánico al encierro, a los sitios muy poblados... Un viaje en ómnibus es un escenario posible: el desdichado sale empujando a los pasajeros salvajemente y puede suscitar disturbios. Le sucedió a más de un consanguíneo. El claustrofóbico nunca hace referencia a su estado de disminución social. No habla de eso, pero el temor lo acompaña; lo lleva pegado a la piel.
Es menos común la agorafobia (su nombre conjuga los términos griegos ágora , plaza, y phobos , miedo), un transtorno de ansiedad que se relaciona especialmente con el temor intenso a los espacios abiertos en los que pueden presentarse aglomeraciones. Anoto: cosanguíneo agorafóbico jamás cruzó la plaza solo. Las escaleras le significaron terrores de sube y baja; una tortura, las escaleras mecánicas. El mundo resulta esquivo a estos personajes, a simple vista y conciencia estrambóticos.
¿De dónde viene el miedo? ¿Qué experiencia lo funda? ¿Cómo afecta a un niño lo que no puede explicar? En la casa –recuerdo–, había un baúl negro. Se hubiera podido encerrar a una persona con comodidad en él. Cuando mi comportamiento rebalsaba las paciencias, me servían el almuerzo a solas, encima del baúl, cubierto con un mantel a cuadros. En señal de protesta, yo partía en muchos trozos los alimentos y de una papa hacía muchísimos pedacitos; igual con el bife, repletando el plato.
Una chica de servicio limpiaba el desbarajuste. Pero nadie me retaba. Al anochecer, alguno comentaba “habría que encerrarla en el baúl para que la fusilaran”. ¿Lo dijeron en verdad o lo soñé? Como fuera, no volví a criminalizar los alimentos; en mi interior crecía como enredadera después de la lluvia el interés por saber el contenido de la gran caja.
Corrieron las aguas debajo de todos los puentes y yo transitaba las cuatro estaciones de los calendarios. Era demasiado alta para mis siete años. Fui la mejor alumna en matemática y en lectura, pero carecía de agilidad motriz, no sabía correr, no sabía nadar. En Mar del Plata veía el mar desde la orilla o desde arriba del espigón. Las inmensas olas me causaban terror cual si fueran bestias crestudas, fuertes como rinocerontes. Crecía mi estatura y crecían mis miedos.
Por Aurora Venturini (Revista Ñ)
Etiquetas: creativo, miedo, temotr infantil, Roschach, fobias, claustrofobia, agorafobia, Mar del Plata

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