10/06/2013
Es cierto que uno pasa horas tecleando o garabateando ficciones en un papel, pero, una vez escrito lo escrito, muchas veces suceden cosas insólitas
Cuando uno menos lo espera, viene la vida y te sorprende. Hace un par de semanas, sonó el teléfono en casa a una hora en la que no suele llamar nadie. Atendí, y una voz con acento extraño preguntó por mí.
-Espere un momento que ya le comunico con el Presidente Tolbert -dijo.
Hay gente que piensa que escribir es un oficio aburrido. Es cierto que uno pasa horas tecleando o garabateando ficciones en un papel, pero, una vez escrito lo escrito, muchas veces suceden cosas insólitas: personas que te escriben para criticarte; regalos que te llegan por correo; amistades nacidas en el amor a las palabras; y hasta ex presidentes de países lejanos que, una mañana cualquiera, te llaman por teléfono para pedirte ayuda.
-Habla Tolbert -me dijo una voz desconocida-. Me acaban de mostrar una nota suya en una revista, y por eso la llamo: Roger es mi hijo. Hace veinte años que se fue y no sé dónde está.
En ese mismo instante, al hombre se le quebró la voz y supe con quién estaba hablando. Quizá algunos de ustedes recuerden aquella nota de hace meses en la que contaba mi encuentro, en una plaza de Nueva York, con un hombre que vivía en la calle. Era de piel oscura, llevaba colgando de la cintura una gran espada de juguete y caminaba con un bastón grueso que parecía un cetro real. Un pañuelo de calaveras blancas le sujetaba un enorme manojo de rastras. Se llamaba Roger y dijo que había llegado a Nueva York en 1980, después de que su padre, entonces presidente de Liberia, fue derrocado. Algunas de las cosas que decía tenían sentido, pero otras resultaban difíciles de entender. Cuando me despedí de él, lo hice sin saber si había estado hablando con un loco o, por el contrario, con alguien tan cuerdo que había decidido despojarse de todo.
-Un amigo que vive en Argentina leyó la revista y me llamó en seguida -me explicó el ex presidente, por teléfono-. Nuestra familia regresó a Liberia con la democracia. Pero Roger no quiso volver y hace años que le perdimos el rastro.
A continuación, me preguntó en qué plaza había visto a su hijo. ¿En qué zona de Nueva York, cómo iba vestido? ¿Sabría yo cómo ponerlo en contacto con él? Sonaba ansioso por escuchar todo lo que le pudiera decir.
Por Mori Ponsowy (La Nación)
Etiquetas: escritor, oficio, Presidente Tolbert, Liberia, argentina, Mori Ponsowy

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