17/05/2013
Mientras termino de leer Di su nombre (Sexto Piso), la crónica sobre la muerte de su mujer, Aura, escrita extraordinariamente por Francisco Goldman, me entero de que Rosa Montero ha publicado un libro sobre la muerte de su esposo en el 2009, titulado La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral).
Por motivos personales, desde el 2004 me aficioné a la literatura sobre el duelo. Leía todo aquello que caía en mis manos al respecto. Leía, subrayaba, volvía a leer. Estaba imantado. Cada vez que iba a una librería, buscaba en las contratapas de títulos desconocidos si alguno tenía que ver con el dolor. Cuando encontraba uno de esos libros, dejaba en suspenso lo que estuviese leyendo para volcarme sobre el nuevo hallazgo. En una escena de una película de Woody Allen, me parece recordar, este discute con la mujer de la que se está separando por cuáles libros son suyos y cuáles de ella en el librero marital. Fácil, todos los libros que dicen "muerte" en el título son tuyos
contesta ella.
Pues eso.
Durante esos años escribí varios cuentos y dos novelas. Una novela fue publicada en el 2008 (la inicié en el 2000, y la construí y reconstruí durante los siguientes ocho años en cada nueva lectura sobre el dolor) con el título Un lugar llamado Oreja de perro y la otra novela, lo más triste que escribiré jamás, es probablemente impublicable.
De la muerte me atraía no solo la reconsrucción de la vida que se escurrió sino sobre todo la pérdida, la sensación de vacío, el agujero con el que debemos aprender a convivir y que tan bien retratan los libros sobre el duelo. Trataba de capturar ese momento de suspensión de la vida y la enajenación que produce el dolor. Aún faltaban muchos años para que mi padre muriese y el duelo que había anticipado en mis lecturas se hiciese real. Sin embargo, pese a lo profundo de esa pérdida, puedo afirmar (quizá porque la muerte de mi padre fue lenta, agónica, y duró casi dos años en los que pudimos acostumbrarnos a su ausencia futura) que la muerte real fue más llevadera, más aceptable, más sosegada, que aquellas desesperadas muertes representadas.
Ese es el poder de la palabra. Ese y no otro. Es decir, si algo he aprendido después de leer tantos libros sobre el duelo es que sirven para escenificar la pérdida y nos hacen vivirla intensamente, pero al final, sin importar el desenlace (si hubo o no aprendizaje), me queda la impresión de que escribir ese libro no ayudó al autor a expiar ninguna pena. No se escriben libros sobre el duelo como expiación ni como respuesta a nada; se escriben desde la desesperación, el miedo o la resignación. Cuando el duelo se convierte en tema literario las eternas preguntas, miles de preguntas o solo una -poderosa y definitiva- se libran del cerebro (donde han habitado como fantasmas) y se convierten en algo tangible. Y lo tangible se puede obviar, destruir, desaparecer, dejar olvidado en manos de otros.
Por Iván Thays (ElPaís)
Etiquetas: Francisco Goldman, luto, escritor, Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, Woody Allen

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