12/05/2013
La ansiedad del autor ante la exhibición de su trabajo
Sólo los autores conocen la ansiedad que se puede sentir ante una presentación. Cuanto más joven sea el escritor, más ansiedad le corresponde. Porque yo creo que los más veteranos se limitan a aceptar la correspondiente dosis de satisfacción o, en todo caso, una suerte de desolación y derrota si el evento salió mal. En este preliminar quede claro que una presentación no es un acto baladí, es una suerte parecida a la de un matador de toros que en una sola faena, no solamente se juega su fama futura, sino que además puede poner en peligro los éxitos del pasado.
Hay muchos parámetros a medir, muchas circunstancias a calibrar y todas ellas influirán en el resultado final. Para comenzar, lo haré por el lugar a elegir donde llevar a cabo tan decisivo acontecimiento. ¿Uno grande o uno pequeño? Depende de la confianza de cada uno, aunque en realidad debería de depender del exacto eco y expectación que la obra a presentar se espere cause en el potencial público. Y en este caso, como en muchos otros, más vale que el público nos sobrepase que no que falte. Nada hay más desmoralizante que un gran espacio ocupado por un pequeño puñado de asistentes.
Una vez elegido el recinto, nada está resuelto, es simplemente el comienzo, un mínimo comienzo. El meollo del evento depende mucho de los compañeros de viaje que elijamos y de su magnetismo literario. A mí en particular, la experiencia me ha demostrado que una mesa de presentaciones repleta de personajes es más perjudicial que beneficiosa. Creo que nadie se engañará pensando que un acto convertido en un tostón interminable no es el mejor y más rápido camino para el desastre. Sin contar con el bochornoso espectáculo que conlleva cuando el público, al principio atento e interesado, comienza a abandonar el salón ante la verborrea de los diferentes protagonistas que intervienen en la presentación. Creo que el autor, un invitado e incluso una especie de moderador son más que suficientes. Todos sabemos en nuestro fuero interno -y si no conviene recordarlo- que después de diez minutos de atenta escucha la mente comienza a divagar y se deja de prestar la mínima atención. Como mucho, un acto de estas características va sobrado con media hora para la totalidad de intervinientes. Y si ha parecido corto, queda el socorrido apartado de ruegos y preguntas.
Por Gerardo Lombardero (LaNuevaEspaña.es)
Etiquetas: presentaciones literarias, autores, ansiedad, escritor

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