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La literatura, los escritores y los gilipollas - España España

03/05/2013

Al hombre le gusta batirse. Y vaya si recibió estocadas. Desde que decidió colgar los hábitos de corresponsal de guerra para dedicarse sólo a la narrativa, una tajada de especialistas en la materia no entendió, o no quiso entender, que él apenas quería escribir. No entraba en sus cabezas que para colmo sus historias fueran devoradas por cientos de miles de lectores. Suponían que aquellos títulos avasallantes no eran más que el envoltorio de una literatura de supermercado, otra de esas factorías de best-séllers que tantas veces habían hostigado para defender la honra de las letras mayúsculas. Al hombre no le importaron las críticas: lo popular no quita lo valiente y siguió adelante con sus historias de aventuras, intrigas y misterios. Hoy ese hombre es el escritor español más vendido en el mundo, ha sido nombrado miembro de la Real Academia Española y logró el respeto y el reconocimiento de sus pares.

Es una batalla que he ganado, dirá más tarde Arturo Pérez-Reverte, ya relajado y sin soberbia, en un hotel de Madrid. Es jueves, día de reunión de académicos de la Lengua, y el hombre se presenta a la entrevista con Ñ acicalado y filoso. O sea: con la guardia en alto. Tiene fama de irritable e impaciente, no le gusta perder un tiempo que no le sobra y es un secreto a voces que ha tirado a más de un periodista por la borda. Porque además el hombre es marino, capitán de yate, para quienes entiendan del asunto.

Una biografía informal apuntará este dato y se aderezará con otros: que su España le produce más urticarias que consuelos; que de pequeño lo alimentaron con Dumas y Homero; que demasiadas veces vio matar y morir; que el fútbol le aburre y que le divierten las películas de Luis Sandrini; que tiene una agenda cargada de nombres de narcotraficantes, terroristas, farándulas y afines, retazos de su vida de reportero; que cuando se apasiona la palabra "gilipollas" se le resbala frase de por medio; que en la columna que mantiene desde hace años en El Semanal –una revista dominical que se distribuye junto a decenas de diarios españoles– es capaz de defender la eutanasia o de dedicarle varios párrafos a los percheros de la Academia, de extrañar a su peluquero o despotricar contra la televisión, pero sobre todo, de batirse en un duelo de letras con estocadas que llevan nombre y apellido. En esta vida hay que pelear, aunque después ganen los malos, justificará más adelante.

La otra, la biografía formal, señalará que escribió algunas de las novelas más exitosas de los últimos tiempos, varias de ellas llevadas al cine con mayor o menor disgusto de su autor. También dirá que nació en Cartagena hace 52 años, al borde del Mediterráneo, que recibió premios varios y se publicaron numerosos ensayos sobre su obra. Que uno de los libros que reúne sus columnas semanales se titula Con ánimo de ofender, por si a alguien le quedan dudas acerca de su estilo frontal. Que su saga del capitán Alatriste es materia de estudio en los colegios y que con estas aventuras ambientadas y narradas con el lenguaje del siglo XVII, obtuvo una fama impensada que se reproduce hasta en estampillas oficiales. Sin embargo, buscar el nombre de Pérez-Reverte en encuentros, mesas redondas o jurados literarios será como encontrar una aguja en un pajar porque, asegura el hombre, ese reino no es de su mundo.

Combate letra a letra

-Usted es como su capitán Alatriste: no pertenece a ningún bando. Pero los rivales existen. Hay una frase en "El caballero del jubón amarillo", el nuevo libro de la serie: No hay peor enemigo que el del propio oficio. Y eso usted lo sufrió en carne propia. ¿Se aplica mucho esa frase a los escritores?

-A los escritores, a los actores, a los periodistas y a todos, vamos.

-Pero entre los escritores hay un campo de batalla que es el best-séller. Ciertos sectores sostienen que si un libro vende mucho, no puede ser bueno. Los best sellers son tratados como un género menor.

-Es que hay algunos que son menores. Incluso dentro de lo que es el best seller de entretenimiento hay diferencias. No es lo mismo Frederick Forsyth que Stephen King, ni Ken Follet que John Le Carré... hay diferencias. Pero yo creo que toda novela es respetable mientras haya un lector que encuentre en ellas diversión, reflexión, sabiduría o cualquiera de las posibilidades que puede ofrecer un libro.

-¿Entonces por qué se suele menospreciar a ciertos autores de éxito? De algún modo, los lectores los eligen.

-Están llamando idiota al lector, exactamente. A veces lees esos comentarios y te preguntas: ¿Y éste quién es? ¿Cómo se atreve este gilipollas, que ha hecho dos novelas que no ha leído ni su madre, que es incapaz de juntar en letras una historia, cómo se atreve semejante cretino a decir que tal o cual es un escritor mediocre? Mira, para darte un ejemplo, yo no le perdono a los argentinos que hayan dicho que la literatura de Soriano es superficial.

-¿Osvaldo Soriano?

-El mismo, a quien lamento no haber conocido personalmente. Creo que nadie explicó mejor que él al argentino, y lo ha hecho de una manera divertida, amable, amena, y eso no se lo perdonaron. ¡Hay que ser gilipollas! ¡Es como si dijeras que Lope de Vega era superficial porque le gustaba a la gente! Entonces yo no le perdono a los argentinos –y hablo desde un punto de vista literario, lógicamente–, que Soriano haya muerto apenado porque jamás le reconocieron el papel importantísimo que jugó en la literatura argentina de su época. Hay novelas como A sus plantas rendido un león o No habrá más penas ni olvido, que son fundamentales. Y es imperdonable que unos tíos mediocres, una banda de gilipollas sin nada que decir, crucificaran de esa manera a Soriano, es un oprobio que cae sobre la cultura argentina. Algunos incluso han sido incapaces de ocupar su puesto. Y ya que hablamos de argentinos te cuento algo: uno de los tres escritores que propuse el año pasado para el Premio Cervantes es Roberto Fontanarrosa. No lo ganó, como ya sabemos, pero me di un gusto.

-Sigamos con otro argentino: hace algún tiempo hizo ciertos comentarios sobre Borges que levantaron polvareda.

-El que conoce a Borges sabe de lo que yo estaba hablando. Borges es un autor inmenso, a quien yo en La tabla de Flandes le hago un homenaje de la hostia. Pero como persona era un viejo malvado, un snob que decía que El Quijote era mejor en inglés, un concheto, un gilipollas. Cuando dije eso algunos lo tomaron mal, no en la Argentina, donde entendieron lo que quería decir, pero en España por ejemplo, Francisco Umbral me respondió diciendo ¡Cómo se atreve a atacarnos a Borges y a mí!. Aunque yo no entro en polémicas literarias, luego le contesté a Umbral en mi columna, porque a mí cuando me llenan los cojones...

-Lanza el guante.

-Yo escribo, no soy conferenciante ni hablo de teorías literarias, pero aquí se pierde mucho tiempo en esas cosas, estamos llenos de cofradías de parásitos que se autoadjudican el papel de árbitros y convierten las páginas de cultura de los diarios en feudos personales. En la Argentina también tenéis unos cuantos escritores oficiales, de conferencia, que no escriben nada pero se pasan la vida diciendo cómo deben escribir los otros, y de paso te avisan que Juan de los Palotes, a quien no leyó nadie, es fundamental para la cultura occidental. Yo elegí alejarme de todo eso, y dedicarme a contar las historias que me apetece contar.

-Como las novelas de capa y espada del capitán Alatriste, que ya van por el quinto libro. Pero cuando publicó el primero de la serie, en 1996, era un género con escasez de lectores. Hizo una apuesta arriesgada: un héroe a la antigua, narrado en el castellano del siglo XVII...

-Era muy arriesgada, de fácil no tenía nada y yo era consciente de eso. Podría haber elegido una fórmula que le agradara a los críticos, pero quería escribir mis historias. Esa es una de las ventajas del éxito, que uno puede hacer lo que quiere. Si no, nadie me hubiera publicado a Alatriste. Nunca imaginé que luego iba a ser una cosa tan difundida. Pero ésa es una batalla que gané.

-Otra vez el combate.

-Mira, Cervantes habla en un capítulo de El Quijote acerca de la educación de las armas y de las letras, donde explica la cultura del soldado: la palabra y la cultura son fundamentales y permiten saber cuándo hay que pelear y cuándo no. Pero parece que si peleas está mal visto, ¿sabes? La putada es que vivimos en un mundo en que todo es políticamente correcto, donde te dicen que no debes pelear. Y no es verdad, porque si no peleáramos ganarían siempre los malos.

La espada y la palabra

El hombre sabe cuándo desenvainar. Tal vez sea menos impulsivo que su capitán Alatriste, que es capaz de batirse porque alguien lo miró mal en la calle. En esos casos, puede que Pérez-Reverte desenvaine un par de filosas palabras, no más que eso. Tampoco comparte con su héroe de capa y espada el porte intimidante ni la mirada de acero con que dotó a su personaje: el escritor no es tan alto como parece en las fotografías ni tan áspero como la mala fama que se echó a cuestas. Hace un par de años jubiló sus anteojos y la máquina de afeitar, y eso le da un aspecto más cortesano, aunque la asociación pueda sacarlo de sus casillas. Para equilibrar la balanza, habrá que decir que cuando habla de Alatriste sus brazos y sus manos se contagian de la pasión de un director de orquesta.

-Lo mejor que puede pasarle a un personaje de ficción es que se hable de él como si hubiese existido en realidad.

-Lo sé, y en efecto hay gente que cree que Alatriste en realidad existió. Sabes que pasa, cuando un libro de éstos tiene mucho éxito hay un momento en el cual pasa esa barrera del lector y ya se convierte en parte del imaginario. Pero en cierta forma Alatriste es real, porque no es un personaje salido solamente de mi imaginación, sino que se nutre de muchos Alatristes reales. Yo he sido un lector de los autores del Siglo de Oro de toda la vida, mi padre me hacía leer a Quevedo, a Lope, a Calderón, a Góngora, porque esos autores no sólo eran parte de mi cultura sino también de mi memoria, eran mi historia. Alatriste se nutre de todo eso, de memorias de soldados de la época, de actas notariales, de documentos, de lecturas. Todo lo que Alatriste hace, lo que dice, lo que piensa, todo eso ocurrió, sólo que de alguna forma he ido robándomelo de toda esa riquísima documentación. Entonces uno siente que Alatriste es real.

-¿Y qué le ha puesto de usted?

-Tiene muy poquito de mí. Le he puesto sí, un punto de vista, un carácter, una forma de ver la vida. Piensa como yo, mira como yo, cree como yo que a veces es necesario batirse por lo que se ama. Pero fuera de eso, todo el resto está tomado de la realidad.

Por Ezequiel Martinez (Revista Ñ)

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Etiquetas: A sus plantas rendido un león, Arturo Pérez-Reverte, Con ánimo de ofender, Dumas, El Quijote, escritores, Frederick Forsyth, Homero, John Le Carré, Ken Follet, Lope de Vega, Luis Sandrini, No habrá más penas ni olvido, Stephen King

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