29/04/2013
Quien tuviera una musa de fuego
, parece lamentarse en su frase inicial el narrador de una las obras de aquel dramaturgo que, los siglos y las academias, nos han hecho recordar como William Shakespeare.
Desde los griegos a las modernas Torres de Marfil informáticas, el escritor ha gustado de creer que una hermosa dama etérea y ligera de ropas le susurra al oído un cúmulo de obras maestras durante su tránsito terrestre.
En los tiempos anteriores a la revolución del psicoanálisis, a la mayoría de los hombres les costaba entender la existencia de un otro yo o de una presencia subconsciente que afloraba a la hora de escribir literatura, apropiándose de los objetivos y los significados, cual nacimiento de una impensable Venus de tinta.
Eso les provocaba tanta azoro y temor que era muy socorrida la creencia en una musa hablándonos al cráneo a la hora de tomar el lápiz o el cálamo, así como las Furias, esos personajes que se posesionaban de los inocentes humanos, haciéndolos cometer errores y barbaridades repentinas.
Es normal que a la hora de escribir algo tanto sencillo como una crónica de un hecho vivido, aunque la persona que redacte no tenga formación literaria, se llegue a un momento en que esta crónica no sólo parezca escribirse sola, sino que, además de disgregarse en imprevisibles derroteros, de repente sorprenda a quien escribe con la aparición de palabras que no son de uso común suyo, incluso hasta provistas de asociaciones inesperadas o petrificantes conclusiones.
Hoy, a una persona que escriba una carta a un familiar y descubra al releerla una excesiva cantidad de divagaciones fuera de lugar no le provocaría temor ese hecho: antes llegaban a creer que algún demonio se nos había introducido en el alma y que él nos obligaba a convertir una ligera misiva de compromiso en una serie de reclamaciones por maltrato en la infancia o un reciente desdén a una invitación de fiesta familiar.
Esa percepción tuvo terreno fértil con los médiums del Siglo XIX que en vez de congregar a una serie de manos entrelazadas sobre una mesa ingrávida, acudían a la escritura automática en donde, luego de poner la mente en blanco, se soltaban escribiendo lo que les dictaba un espíritu cómplice.
Por Juan José Rodríguez (El Universal)
Etiquetas: escritura automática, William Shakespeare, musa, psicoanálisis

, escribe aquí tu comentario