25/04/2013
Antonio Lobo Antunes cerró ayer la edición de este año de Gutun Zuria. El escritor habló de sus fábulas como lector y escritor. Irónico y transgresor, no cree en la felicidad y dice que los premios no aportan prestigio al escritor; al contrario, es el escritor quien aporta su prestigio a los premios
Bilbao. Imposible seguir un guion de preguntas con Lobo Antunes, él no solo contesta a quien entrevista, también se contesta a sí mismo. Ha sido candidato al premio Nobel y, aunque tiene casi todos los importantes de las Letras, dice que le falta el gordo. Se considera bien pagado en estos momentos y no echa de menos la dotación económica del preciado galardón sueco. Fue médico antes de escritor, por designio paterno. Es uno de los referentes de las letras portuguesas. No le gustan las entrevistas, protesta pero luego no para de hablar. Es ameno, muy irónico y tiene muchas historias que contar.
Estudió Medicina y fue psiquiatra, una profesión que no le gustaba nada. ¿Por qué fue médico?
Mi padre fue profesor de la facultad de Medicina y yo soy el hijo mayor de una familia muy tradicional del norte del Brasil. A los 13 años le dije a mi padre que quería ser escritor y él me dijo que muy bien, pero que hiciera unos estudios técnicos, que tuviera algo más. Tenía razón.
Podía haber hecho una carrera más relacionada con las letras.
Entonces no hubiera sido escritor, hubiera sido crítico literario. Recuerdo que cuando estaba en el grado secundario, el peor de mi clase en gimnasia acabó de crítico literario.
¿Tienen algo que ver la crítica literaria y la falta de habilidad deportiva?
Los críticos literarios son muy malos en gimnasia: gordos, pesados, feos...
¿Está seguro?
Bueno, no todos. Hay un crítico literario que me gusta mucho y no es así, Ignacio Echevarria. Rafael Conte también me gustaba mucho, sentí que muriera. Pero estábamos hablando de la carrera de Medicina. Lo pasé fatal los tres primeros años. En esos años tenía que estar cinco horas con cadáveres de viejos, de viejas, desnudos...
¿Le impresionaban?
Mucho. Yo tampoco había visto entonces a una mujer desnuda y la tuve que ver de esa forma. Después, me acostumbre porque todo era cadáveres, cadáveres, cadáveres... Más tarde llegó el contacto con la gente que sufre. Nunca he entendido ni aceptado el sufrimiento físico. Yo estuve en pediatría. Cuando terminé la facultad hice un internado general: obstetricia, pediatría, cirugía y medicina.
¿Le gustaba la pediatría?
Estuve en una enfermería de niños con cáncer, tenían tres, cuatro o cinco años. Me enamoré de un niño que se llamaba José Francisco, era tan bonito, tan guapo... y se murió. Cuando se muere un adulto van dos empleados de la morgue, pero José Francisco era solo un niño y vino un solo hombre, lo envolvió en una una sábana y se lo llevó por el pasillo. Desde la puerta de la enfermería vi cómo el hombre se alejaba con el niño y el pie del niño salía de la sábana y se movía. En esos momentos pensé que había encontrado mi razón de vivir y que iba a escribir para ese pie.
¿No podía haber combinado medicina y escritura?
La medicina no me dejaba tiempo para escribir. Por las mañanas estaba en el hospital público hasta la hora de la comida y luego estaba en la clínica privada. Era un psiquiatra de moda, ganaba mucho dinero. Si me ponía a escribir por la noche, me acostaba muy tarde y tenía que levantarme temprano para estar en el hospital. Quería dejar la medicina para escribir pero tenía miedo.
Al final usted consigue el éxito.
¿Éxito? Quizá suerte. Cuando escribí mi segundo libro, me llamó un agente americano. No le contesté porque creía que era una broma. Al final, comenzó a vender el libro pero nadie lo compraba; todas las editoriales lo rechazaron. Un día me llamó y me dijo que había un editor y que tenía que ir a Nueva York. Fui, me dijo que no lo había leído, que no sabía si le gustaba o no. Salió y tuvo una buena crítica de los cuatro periódicos que mandaban entonces en el mundo. Cuando conquistas estos periódicos has conquistado el mundo. Fíjese, ese libro había sido rechazado por más de diez editoriales.
Rosana Lakunza (Deia.com)
Etiquetas: premios, escritor, Antonio Lobo Antunes, fábulas, Lobo Antunes, crítico literario, Ignacio Echevarría, Rafael Conte

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