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El precio único del libro: balance - México México

24/04/2013

La Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió ayer su dictamen. El último obstáculo a la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, el amparo interpuesto por Librerías Porrúa, fue descartado. La Corte determinó que la ley es constitucional.

Aprovechando la reaparición del tema y el Día Mundial del Libro, los objetores de siempre argumentaron la misma lista de lugares comunes y vestiduras desgarradas en nombre de la competencia y el libre mercado. Nada nuevo.

Lo que se antoja es revisar cómo se ha implementado la ley, cómo funciona de facto y el verdadero alcance que ha tenido o no para fomentar la lectura.

Desde un inicio, el punto controversial ha sido el tema del precio único, por varias razones. La primera es el convencimiento de algunos de las bondades innegables del libre mercado. Cuando Fox vetó la primera versión de la ley, por recomendación de la Comisión Federal de Competencia, muchos aplaudieron asumiendo que pensar distinto al libre mercado era ser algo así como retrógrada.

No me voy a detener en que el puro gesto de un Presidente dado a las ocurrencias bastaba para cuestionar que a lo mejor no todo era tan claro. Se presuponía que limitar el precio limitaba la competencia libre entre los vendedores de libros, cuando en realidad implicaba precisamente lo contrario.

En la venta de libros nunca hubo libre competencia. Había por un lado editores tratando de vender el mayor número de ejemplares, y por otro, cuatro diferentes tipos de actores: Las grandes superficies, para quienes el libro es igual a un pollo o una lata de atún. Las cadenas mayores (Educal y Sanborns). Las cadenas menores (Gandhi, Sótano, Porrúa, FCE y Gonvill), y los pobres de la fiesta: las librerías independientes.

La lógica del mercado dicta que los editores den mayor descuento a los que más venden. Por lo tanto, los tres primeros actores del mundo editorial podían jugar con ese margen y transferirlo haciendo descuento al público. Eso llevó a que vendieran más, y exigieran mayor margen y condiciones a los editores, que, acorralados en su propio juego, vieron como única alternativa subir el precio de lista. El público que compraba en estas tiendas no objetaba: tenían descuento. El resto del mundo que se pudra por no saber competir bien.

La lógica perversa de este modelo nos lleva a un segundo nivel donde no sólo se trata de librerías eficaces e ineficaces, redituables u obsoletas, sino con libros eficaces (que se venden) e ineficaces (que no). La calidad literaria medida en ventas y en la necesidad, de esos primeros tres actores de tener mayor rentabilidad por metro cuadrado (exceptuando Educal), lleva a reducir no sólo el número de librerías, sino el de títulos disponibles.

El precio único siempre se pensó como un mecanismo indirecto de fomento a la lectura. Se pretendía que las librerías independientes sobrevivieran y que su propia existencia redituara en la oferta de libros y el acceso a ellos por parte de los lectores. El precio único no fue, como alguien decía en Twitter, para que la gente pagara precio Sanborns en lugar de precio Gandhi.

Hoy en día, por lo menos en el grueso de libros editados en México, si un lector se encuentra el libro que busca en donde sea, sabe que cuesta exactamente lo mismo comprarlo ahí que en cualquier otro lado. Por primera vez, los libreros pueden, pensaría uno, competir a través de esos dos supuestos ideales del mercado comercial: servicio y surtido.

Lo cierto es que en el primero puede uno lucirse lo que guste, pero para el segundo todavía el librero depende de que la editorial le haga llegar ejemplares de los libros. Y la mayoría de éstos se siguen distribuyendo primero a los tres actores mayoritarios del mercado.

Por Ricardo García Mainou (ElEconomista)

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Etiquetas: Suprema Corte de Justicia de la Nación, Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, Librerías Porrúa, Día Mundial del Libro, Comisión Federal de Competencia

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