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Cuando calienta el sol - Argentina Argentina

22/02/2013

Etiquetada como literatura de género, la narrativa erótica siempre dio batalla desde los márgenes. Dos novedades editoriales permiten ahora pensar cuáles son las operaciones y los alcances de lo erótico.

Descender. Ir al fondo, a donde nunca se llega. A donde no se puede llegar. Anhelar el espacio último (o primero), del primer (o último) temblor. Nombrar lo innombrable. Fracasar. Exultante, fracasar. Porque no se puede escribir el deseo y, sin embargo, una enorme, revulsiva, hermosa búsqueda literaria se empeña en ese demencial proyecto.

El de la literatura erótica es un campo espinoso. Oscilando entre la estigmatización pacata y la exaltación histérica, pasando por todos los matices, el mercado literario ha establecido desde siempre relaciones problemáticas con este género. Baste como ejemplo el contraste entre la súbita y universal visibilidad que ha adquirido últimamente, a partir de la saga de las 50 sombras de E. L. James, y el silencio casi sistemático que la crítica dedicó durante años a la mayoría de las obras premiadas en el concurso de género La Sonrisa Vertical, que –entre otros motivos– llevó a la suspensión del certamen en 2004.

Sin dudas, puede leerse la actual apertura como una buena noticia, y acaso una mirada optimista encuentre sus causas en una mayor disposición del cuerpo social para pensar sobre el deseo y la sexualidad, y dejarse cautivar por sus representaciones literarias. Pero eso no parece bastar para agotar la cuestión. En todo caso, el derrotero del erotismo literario invita a profundizar en la comprensión de un género apasionante en su complejidad.

Ojo por ojo

La literatura erótica, casi siempre relegada injustamente a la cuestionable bolsa de los géneros menores, aborda problemas esenciales de la experiencia humana, que trascienden ampliamente la sexualidad y la cruzan con los campos de la política, la violencia o el poder.

En este punto, resulta insoslayable la figura de Georges Bataille. Una figura y una obra abrumadoras, cuyo magnetismo se agiganta cuanto más se adentra el lector en la singularidad por momentos oscura, siempre desafiante, de sus escritos.

Bataille ha incursionado como nadie más lo ha hecho en los misterios del erotismo, y lo hizo tanto en sus ensayos como en sus ficciones; muy especialmente en su Historia del Ojo, obra inclasificable, tremendamente inquietante, con que Bataille desacomodó cualquier lectura indiferente del género.

Historia del Ojo (¿novela, poema –como quería Barthes–, alucinación, ejercicio terapéutico?) narra una serie de peripecias sexuales sostenidas por un narrador anónimo y por Simona, ambos adolescentes. Se trata de un raid de exploraciones movidas por una pasión enfebrecida, incontrolable, en el que se comprometen toda suerte de fluidos y materias, y en el que las caras del horror y el deseo se dibujan con los mismos contornos. No están exentos del periplo el crimen, la blasfemia, la necrofilia, la angustia, o la más sublime experiencia mística.

Historia del Ojo empuja al lector hacia una zona fantasmagórica, en la que tiene la certeza de dialogar con voces arcaicas, con imágenes ancladas en niveles oscuros y esenciales. Fue publicada por primera vez en 1928, con el seudónimo de Lord Auch (hasta 1967 no llevaría el nombre de Bataille), y aun sin ser surrealista, es difícil eludir la relación entre esta narración y aquella poética, de la que el autor estuvo muy cerca. Veamos: Asocio la luna a la sangre de la vagina de las madres, de las hermanas, a las menstruaciones de repugnante olor.... O: Agregó todavía que (…) para ella el olor del culo era el olor de la pólvora, un chorro de orina ‘un balazo visto como una luz’; cada una de sus nalgas, un huevo duro pelado.

Hay en la obra de Bataille, está claro, una dinámica de la subversión. Pero ésta es más compleja de lo que puede parecer a simple vista; no se trata sólo de la obscenidad, de la presencia de la aberración. La transgresión afecta a todos los niveles. La progresión de los hechos en el relato cuestiona, sutil pero obstinadamente, las convenciones narrativas. Cuando el narrador apenas se detiene en la mención de una ciclista decapitada bajo las ruedas de su auto, y refiere el hecho sólo para dar cuenta de la impresión de horror y de desesperación que les provocaba ese montón de carne ensangrentada, alternativamente bella o nauseabunda, sin brindar detalles de las causas ni las consecuencias del accidente, destruye un orden narrativo; lo subvierte. La transgresión del relato –la de todo erotismo, veremos– no reside sólo en lo que dice, sino también en lo que calla. En aquello que, pese a las licencias del lenguaje que se permite (con vergas y culos danzando campantes por sus páginas), no puede ser nombrado. Parto esencialmente del principio según el cual el erotismo nos deja en la soledad. El erotismo es al menos aquello de lo que es difícil hablar. Por razones que no son únicamente convencionales, el erotismo se define por el secreto, escribía Bataille en 1955.

No es posible leer tal ambición revulsiva sin atribuirle un sentido político. Problematizar el deseo erótico implica poner en jaque la totalidad de la experiencia vital, la entera estructura de representaciones –y represiones– con que damos sentido a esa experiencia. Eso es violento, y liberador. Hay en cada hombre un animal encerrado en una prisión, como un forzado, y hay una puerta: si la entreabrimos, el animal se precipita fuera, como el forzado, encontrando su camino; entonces, y provisionalmente, muere el hombre; la bestia se conduce como bestia, sin ningún cuidado de provocar la admiración poética del muerto, sentencia Bataille.

La literatura de Bataille está necesariamente emparentada con la de Sade –a quien leyó con apasionada admiración–, pero si éste último vociferaba sus imprecaciones desde su encierro en la Bastilla, proclamando hacia afuera su libertinismo, Bataille construye un espacio más íntimo: el del escritor abocado a escrutar lo que hay en sí de inefable.

La voz del Fauno

En nuestro ámbito, uno de los más significativos referentes del género es el uruguayo Ercole Lissardi. Como en la del autor francés, en la obra de Lissardi conviven la narrativa y el ensayo. Además del material editado por Casa Editorial HUM (el Díptico fálico y La trilogía de la infidelidad), en nuestras librerías puede conseguirse El centro del mundo, trilogía recientemente publicada por Planeta, y en el transcurso del año se prevé la salida por Paidós del ensayo La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet.

Es especialmente interesante para este análisis la primera de las tres nouvelles de Lissardi, que da nombre a la trilogía; así comienza: El centro del mundo es el cadáver. Así dice un antiguo proverbio del lugar del que provengo. Con cada hombre que expira se apaga un mundo, y el cadáver –efímeramente magnífico en su belleza y pletórico de significados para quien deba leerlos– es el punto de fuga por el que ese mundo se abisma y desaparece. El cadáver es el instante de esplendor de un mundo que colapsa. Su supernova. Hay un cadáver, y en él –a través de él– un misterio que develar.

Por Santiago Maisonnave (Revista Ñ)

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Etiquetas: narrativa erótica, literatura erótica, deseo, sexualidad, erotismo literario, Bataille, La trilogía de la infidelidad

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