01/02/2013
Es una fija: cada tanto, por lo general a principios de año (ahora: es decir, ahora), cuando se acaban los artículos sobre los libros para leer durante el verano, aparece alguien a quien se le ocurre hacer una nota sobre talleres literarios (al menos parece existir una justificación: en Buenos Aires todo el mundo escribe, o dice que escribe). Se mandan mails, se hacen entrevistas y llamados por teléfono. Y cuando el artículo va tomando forma siempre, siempre, aparece la pregunta inevitable. Que es la de la utilidad ¿Sirven los talleres literarios? ¿Se puede enseñar a escribir? Es extraño lo que sucede con la escritura, como si se partiera de una desconfianza original. Porque a nadie se le ocurriría preguntar si las clases de guitarra, de danza, de escultura o de teatro sirven para algo. Tal vez se deba a que todos saben, o creen saber, mal que bien, escribir correctamente, o al menos muchos más de los que tienen una relativa facilidad para actuar, o bailar, o tocar la guitarra.
Hay quienes piensan que los talleres son una amenaza (una fábrica de escrituras homogéneas) para la salud de la literatura. Hay quienes opinan que son una banalidad. O un espacio de gestión y administración de narcisismo. Hay quienes los ven como un lugar ideal para sociabilizar, y hasta para buscar pareja. Y hay quienes los consideran una suerte de taller mecánico (un lugar donde ajustar y desajustar frases, donde cambiarle el aceite a un texto). Para mí, un taller literario es algo parecido a una terapia psicoanalítica: uno asiste regularmente, paga el importe de la sesión, y algunas veces encuentra (si logra dar con el terapeuta indicado y establecer ese enamoramiento un poco inestable que se llama transferencia) lo que fue a buscar, no sin antes atravesar un camino de sufrimiento, goce, reflexión y palabras. Una terapia grupal en la que además, si se tiene suerte, se puede conocer a otras personas interesantes, que tienen más o menos los mismos gustos, problemas, conflictos e intereses que uno.
Según creo no existe, por temerario que sea, ningún coordinador o docente que vaya a asegurar que puede transformar a un integrante de su taller en escritor. Sencillamente porque no se puede (no se puede enseñar, en verdad, lo que convierte a alguien que escribe en un escritor singular: inteligencia, originalidad, sabiduría, cultura, sensibilidad, sentido del humor, imaginación, experiencia vital, una mirada o una idea propia del mundo). Y todos los talleres podrían resumirse en un breve consejo: la mejor manera de aprender a escribir es leyendo, mucho y bien. O como dice Abelardo Castillo, que al mismo tiempo que desconfía de los talleres dicta el que debe ser el más antiguo de los que existen en Buenos Aires: Se aprende a escribir con los libros de la propia biblioteca. Los escritores aprenden con sus propios errores, y con los escritores que admiran y detestan
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Por Maximiliano Tomas (LaNación.com.ar)
Etiquetas: enseñar a escribir, goce, palabras, reflexión, sufrimiento, talleres literarios

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