27/01/2013
Se iban levantando los castillos que mi mente construía, quizás a escondidas de mí misma
Acabo de escribir "fin" en un texto literario -supongo que es una novela- que me ha ocupado la mayor parte del tiempo que araño del trabajo. Confieso que ha sido un momento mágico, casi feliz. Durante los últimos meses de esta fascinante aventura, la idea de parar máquinas y no hacer nada más que escribir se había convertido en un deseo encendido y desgarrador. Con permiso de familia y amigos, no había nada más placentero. Lentamente se iban levantando los castillos que mi mente construía en secreto, quizás a escondidas de mí misma, y personajes y paisajes pasaban a formar parte de otra esfera, que dejaba de controlar. Y en un momento determinado, ya no dependían de mí. Todos esos mundos que se dibujaban sobre el blanco de la hoja eran elementos de mi universo personal, emociones, recuerdos, tradición familiar, paisajes amados, el vuelo de la imaginación..., y nada me era ajeno, porque todo formaba parte de lo que yo soy y siento. Pero al darle cuerpo en una historia, aquel universo personal iba huyendo de mi voluntad y cuando acabó el proceso, ya no me pertenecía. Y es ahora, al leer la obra acabada en un fajo de papeles dejados sobre mi mesa, todavía lleno de correcciones escritas en el rojo que me alerta de los errores, en este momento preciso siento la picadura insolente, pero deliciosa, del orgullo.
No. No crean que mi autoestima llega hasta el punto de pensar que he hecho vayan a saber qué. Afortunadamente, son los lectores y no los autores los que ponen las obras en su sitio, y algunas duran poco, otras mucho, otras para siempre. Personalmente me acerco al oficio de escribir con toda la humildad, porque mi amor por la literatura me hace admirarla y temerla…
Por Pilar Rahola (LaVanguardia.com)
Etiquetas: arte de escribir, escritor, novela, oficio de escribir, texto literario

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