25/01/2013
Por los escritores sabemos que los editores son unos hijos de puta. Les roban, les cambian una coma; les cambian dos comas; les dejan de publicar; no les entienden y no les hacen caso cuando proponen una foto para la portada; siempre invitan a comer a otro; siempre sacan sus libros en febrero. Todo terrible.
Los editores son empresarios y, como tales, da mucho gusto odiarlos y hablar mal de ellos, y cualquier persona –sobre todo si nada sabe del negocio editorial- encontrará muy sensatas todas las acusaciones que se les dirijan, pues detentan –oh- los medios de producción –normalmente un Mac y la llave de una puerta, tres o cuatro sillas – y eso, a qué negarlo, resulta imperdonable.
En realidad un editor es a su modo un artista. Un artista del capital, de hecho. No abre una empresa para hacerse rico, sino para hacer libros. Haciendo libros uno puede acabar rico, sí; como puede uno acabar rico mirando por la ventana, más o menos. Lo normal es acabar arruinado y con un par de toneladas de papel en el pasillo de casa, papel que, por haberse desperdiciado en literatura, vale menos que si estuviera en blanco.
Los aspirantes a escritor proyectan sobre los editores el deber de reconocerles el talento, cuando un editor independiente no busca el talento, sino llegar a fin de mes. A un editor como dios manda le trae sin cuidado lo bien que escriba un fulano, y todo lo que publica lo publica por accidente, es decir, porque no lo ha publicado otro antes. Son los escritores los que le dan una importancia legendaria a publicar, los que lo ven como algo mágico y hasta histórico, notificable; para un editor, publicar es una rutina transida de nostalgia: saben ya que ese libro no importará a nadie pasados tres meses, salvo al propio autor, que no acaba nunca de creerse lo de los tres meses. Los editores publican para seguir siendo editores; los escritores, para ser famosos.
Por Juan Mal-herido (ElDiario.es)
Etiquetas: editor, escritores, Gonzalo Canedo, libros, literatura

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