13/01/2013
Hay una visión del escritor que se cae de romántica. Es la del ser humano excepcional que tiene comercio con las Musas, que se eleva sobre el mundo pedestre en el que vivimos y se remonta a las alturas celestiales, donde escucha mensajes en sus momentos de inspiración para luego descender a este valle de lágrimas con un mensaje nuevo para sus lectores. ¡Mamadas!, como diría Diego Rivera.
A esta condición se agrega otra: la de conocer todos los temas, un atributo al cual los escritores contribuyen, cómo no, al absolver preguntas de física cuántica, astrología, poética, política, economía, psicología y cuanto hay; y también al concurrir a los encuentros de escritores con teorías sesudas sobre la literatura, cuando la gente quiere más bien conocer al escritor mondo y lirondo y que éste cuente anécdotas de su vida, peripecias del arte de escribir, chambonadas y errores en los cuales no salió bien parado.
En mi modesto caso, las entrevistas y acosos giran alrededor del contenido de las fiestas y la gastronomía. Como se acerca el carnaval, debería opinar sobre el origen del puchero y el significado del martes de ch’alla y las carnestolendas. Los temas gastronómicos, como "el paladar cochabambino", por razones obvias salen a flote cuando se acerca septiembre. O me preguntan por qué no hay un “plato nacional”, cuando no es necesario romperse la cabeza para ver que las mejores formas de cocina, los mejores vinos, cervezas y destilados son locales, como las denominaciones de origen, por lo cual uno no ve por qué tendríamos un plato nacional en un cruce de culturas tan jodido como es hoy Bolivia.
Por Ramón Rocha Monroy (Los Tiempos)
Etiquetas: arte de escribir, Diego Rivera, escritor, lectores, poética

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