04/01/2013
Hay una nouvelle de Arno Schmidt paticularmente encantadora titulada Tina o de la inmortalidad. En ella el narrador (el propio Arno, un escritor que vive malamente, un poco erudito en casi todo y un poco sexópata) es invitado por un desconocido a visitar el centro de la Tierra, al que se accede por un ascensor oculto detrás de un puesto de diarios atendido por una señora atractiva y callada llamada Tina Halein. El desconocido resulta ser Christian August Fischer, un escritor alemán de poca monta muerto en... 1829. Fischer logra convencer a Schmidt de que baje con él luego de explayarse en la descripción del estado de cosas: al morir, y en tanto y en cuanto los escritores siguen siendo mencionados en la corteza terrestre (en enciclopedias, en cartas, en discursos), viven una vida inmortal en el centro de la Tierra, donde se les permite elegir la edad en la que prefieren continuar su segunda vida y donde simplemente se alimentan de aire distribuido gratuitamente en pequeños comprimidos. Fischer explica: una vez cada veinte años, invitan a un escritor para que pase 24 horas entre sus pares difuntos para que de ese modo comprendan lo terriblemente dañino que resulta escribir libros, esperando que de ese modo abandonen la tarea y se dediquen a otra cosa más beneficiosa. En distintas épocas, el francés Julio Verne fue invitado, el danés Ludvig Holberg, el veneciano Giacomo Casanova, el alemán Ludwig Tieck..., todos los que de un modo velado terminaron cometiendo traición y escribiendo sobre el centro de la Tierra, inventando fantasías pero ocultando la verdad, que en última instancia resulta más increíble que la fantasía misma, inverosímilmente ridícula.
Por Guillermo Piro (Perfil.com)
Etiquetas: Christian August Fischer, Giacomo Casanova, Julio Verne, Ludvig Holberg, Ludwig Tieck, Tina Halein, Tina o de la inmortalidad

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