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¿Por qué no podemos parar de escribir? - España España

24/12/2012

La gran burbuja o el ruido de la especie

¿Dónde estarán ahora los 116.851 títulos que se imprimieron en España durante 2011, incluidas reimpresiones, a una media de tirada de 1.345 ejemplares? A mí que me registren.

Las desoladoras vistas que nos deja la burbuja inmobiliaria, esas panorámicas de urbanizaciones lecorbusianas, plenas de chalés despanzurrados al atardecer, tienen su contrapunto cultural en los almacenes editoriales saturados por la burbuja literaria, en donde yacen libros que ninguna mano tocará jamás, apilados en columnas que forman calles por las que circula una carretilla elevadora sin conductor.

La burbuja literaria que nos ha estallado estos años no es la primera, por más que sea la más grande. La historia de la literatura universal se halla repleta de burbujas, que no son sino uno más de esos fenómenos atmosféricos impredecibles que concluyen fatalmente en catástrofe, como los tornados, los terremotos y los tsunamis.

El más antiguo almacén de libros abandonados que han desenterrado los arqueólogos es la llamada biblioteca de Ebla, en las ruinas de esa antigua ciudad, a tres días de camino al sur de Alepo. Había allí cerca de 20.000 documentos en torno al 2500 a. C., la época en la que las casas y los libros se hacían de la misma arcilla. Sabemos leer el eblaíta, como hemos llamado a la lengua en que se escribieron la mayoría de esas obras, pero no entendemos su poética, así que resulta difícil determinar si el lugar era un archivo o una biblioteca. La línea que separa el registro administrativo de la literatura es demasiado fina: ¿en qué momento se convierte el apunte funerario en epitafio?, ¿la ofrenda al dios de turno en oración?, ¿la solicitud de conmutación de pena en alegato literario?, ¿el resumen de la última carnicería en narración épica?, ¿la cita fornicatoria en poema de amor?

La literatura no es, al fin y al cabo, más que una rama del registro administrativo, que trabaja para evitar el olvido. Cuatro ramas, en realidad: el registro de acontecimientos puntuales, origen de la lírica ("Aquí yace tal rey"); el registro de sucesiones de hechos, origen de la narración ("En el año tal, el rey cual conquistó esta ciudad, destruyéndola para comenzar su reconstrucción"); el registro de disputas legales, origen de la literatura dramática; y el registro de leyes, acuerdos contractuales y cuentas, origen del ensayo.

Cuatro burbujas históricas

Desde la creación de la biblioteca de Ebla, las burbujas literarias son incontables. Cervantes mismo escribió su Quijote arremetiendo contra la burbuja de libros de caballería. Así que conviene resumir tanta pompa en cuatro ejemplos significativos, que ilustran, de paso, los fundamentos de la literatura occidental: la burbuja de aedos posthoméricos, la burbuja de poetas romanos, la burbuja de comediantes barrocos y la burbuja de folletineros decimonónicos.

Tras el éxito de la Ilíada y la Odisea, todos los escritores querían ser famosos como Homero, y se pusieron como locos a contar los antecedentes o la continuación de la guerra de Troya, los accidentados regresos de los colegas de Ulises a sus patrias, o, abordando ciclos mitológicos distintos, las hazañas de Edipo, de Hércules, de los Argonautas, de Teseo... Sabemos los títulos de esos poemas y las atribuciones de algunas autorías: la Pequeña Ilíada de Lesques de Pirra, la Iliupersis o el Saco de Troya de Arctino de Mileto, la Edipodia de Cinetón de Esparta ... Pero por fortuna no se ha conservado casi ninguno de los miles de versos de aquellos tostones. La denuncia de esta burbuja la hizo un bibliotecario de Alejandría, el poeta helenístico Calímaco, con un famoso epigrama que inaugura también la disputa ancestral entre narradores y líricos. A Calímaco, para despreciar el éxito de los poemas narrativos cíclicos, no se le ocurrió otra que compararlos con la promiscuidad de algunos efebos de su tierra:

Odio el poema cíclico, y no me gusta el camino
que a la muchedumbre aquí y allá conduce
Detesto al muchacho que va pasando por todos y no bebo
de la fuente pública. Me repugna todo lo popular.
Lisanias, tú sí que eres guapo, guapo. Pero antes de decirlo
con claridad, un eco me responde: "Lo posee otro".

Mucho tiempo después, fue precisamente la enorme influencia del griego Calímaco la que provocó otra burbuja literaria: la lírica se extendió por Roma como una verdadera plaga en la época de Augusto. Uno de los más prestigiosos de aquellos poetas, Horacio, protestaba así de la situación en su Epístola Primera:

... hoy es de todos
la poesía el único embeleso.
Mozos y senadores coronados
de flores cenan y recitan versos.

Ha habido siempre escritores que se bastaban para formar solos una burbuja literaria. Uno de los más prolíficos de todos los tiempos fue sin duda nuestro Lope de Vega, al que su amigo Juan Pérez de Montalbán atribuyó 1.800 comedias. De Montalbán es precisamente este retrato de Lope como creador incansable y veloz, que hizo en una ocasión en que ambos se encerraron para escribir a cuatro manos y en dos días una comedia, género sumamente popular de la época, el único que daba dinero fresco a los poetas:

Me levanté a las dos de la mañana, y a las once acabé mi parte: salí a buscarle (a Lope) y hallele en el jardín muy divertido con un naranjo que se helaba. Y preguntando cómo le había ido de versos, me respondió:

—A las cinco empecé a escribir, pero ya habrá una hora que acabé la jornada. Almorcé un torrezno, escribí una carta de cincuenta tercetos y regué todo este jardín, que no me ha cansado poco.

Y sacando los papeles me leyó las ocho hojas y los tercetos.

Ya en el siglo XIX, el auge de la burguesía lectora y el periodismo hizo que los escritores se volcaran en folletines interminables a lo largo de toda Europa, con historias que comenzaban cerrando la intriga de la entrega anterior para terminar abriendo la intriga de la entrega posterior, afán que se tradujo en una insólita abundancia de huérfanas paseando al borde de los precipicios. La burbuja no fue pequeña. Los periódicos pagaban por líneas, así que los escritores las hacían lo más cortas posible, y eso provocaba abundancia de diálogos de este tipo:

—¡Deteneos!
—¿Sí?
—¡Sí!
—¡Deja!
—¡No!
—¡Ja, ja!
—¡Oh!

¿Por qué no podemos parar de escribir?

Pero ¿cuál es el germen de ese afán desmedido de registrar el mundo por escrito que se halla en el origen de toda burbuja literaria?

Antes de intentar responder a esa pregunta, deténgase el lector un momento a contemplar la pantalla en que está leyendo este artículo, y comprobará que no hay márgenes en ella, que el blanco apenas existe, que el silencio brilla por su ausencia: junto al registro que constituye este escrito se amontonan los encabezamientos que enlazan a otros. Del mismo modo que no hay blancos en la Piedra de Rosetta, la columna de Trajano, los muros en que se posan los grafiteros, el genoma humano, la catedral de Burgos, las bobinas de Lo que el viento se llevó o la Biblia políglota de Cisneros. Como cada uno de esos libros o edificios, internet, que los contiene a todos, no deja de ser una metáfora del cerebro de la especie humana, con todos sus ruidos y burbujas. Una metáfora cada vez más descriptiva, que acabará logrando lo que pretendían los inmensos mapas del mundo que imaginó Borges: la exasperante literalidad.

Así que el blanco es el vacío, que amenaza con el silencio. Si hay algún blanco en su pantalla, no lo dude: está ahí para que usted lo rellene con su propio registro o con la publicidad que enlaza con el registro de su empresa. El cerebro del hombre no conoce el silencio: horror vacui. El rostro de un niño durmiendo aparenta una serenidad mentirosa, porque, mientras descansa su cuerpo, su cerebro repite las lecciones del día. Aprende a hablar, a sumar y a escribir. Aprende a ponerle objeto y nombre a sus anhelos, a amar y a odiar a sus padres. De ahí la burbuja escrituraria, de la que sin duda la literaria es la pompa sustancial.

Por Javier Azpeitia (ElDiario.es)

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Etiquetas: Argonautas, biblioteca de Ebla, burbuja literaria, Edipo, ensayo, escribir, Hércules, narración, Teseo

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