20/12/2012
Un conjunto de autores nos habla sobre las obras que tendrían presentes frente a un evento apocalíptico.
Se acerca "el fin del mundo". Escritores y editores reflexionan sobre cuáles serían los libros que tendrían cerca del desastre, sobre todo títulos que marcaron su vida: una selección amplia y diversa, en la que se refleja que en asuntos de lectura, en gustos se rompen géneros y no siempre los títulos emblemáticos de la literatura universal son los que dejan huella en cada persona.
El príncipe idiota, de Fiódor Dostoievski, porque creo que es el máximo ejemplo de cómo la literatura puede darle forma e ilustrar la teoría cristiana.
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, porque es un libro escrito en el inconsciente colectivo y, como diría Jung, logró atraer a la tierra un arquetipo del que todos participamos o deberíamos participar, el quijotismo.
La muerte de Iván Illich, de León Tolstoi. Es, quizá, la novela que mejor ha mostrado e ilustrado el proceso inevitable, tan doloroso y pleno a la vez, de la muerte humana.
Los miserables, de Víctor Hugo. No solo es un vasto espejo del París del siglo XIX, sino uno de los libros más crudos y dramáticos sobre la condición humana.
Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Como ningún otro libro en la historia de la literatura mexicana ha captado eso que llamamos el alma mexicana, tan particular y única. Para entender qué es eso que llamamos “mexicanidad” e incluso reafirmar nuestra identidad nacional más allá de los discursos y de los sellos oficiales, hay que adentrarse en este libro mágico.
Autobiografía, de Juan García Ponce. Al leer ese breve volumen se me reveló, por primera vez, la lejanísima posibilidad de ser escritor. Entre García Ponce y yo existían muchas afinidades: él era el mayor de una familia numerosa, con un padre empresario que quería que su hijo lo sucediera, provenía de Yucatán, de clase media acomodada, vivía en la Ciudad de México, estudió con los maristas y, a pesar de todo, su mayor anhelo consistía en alejarse del mundo en el que había crecido para jugársela como escritor y convertirse en artista.
Confabulario, de Juan José Arreola. En varias ocasiones he afirmado que Arreola es el único escritor genial que he conocido personalmente y conste que he conocido a muchos, incluso superiores literariamente, pero ninguno con la brillantez de su genio y su pasión, de su memoria y capacidad creativa y de improvisación: hombre atribulado, pecador culpígeno, declamador nato, artista de la palabra oral y escrita.
El Hacedor, de Jorge Luis Borges. Tanto por García Ponce como por Arreola me acerqué también a la obra de Borges, extraordinario cuentista, ensayista y poeta que innovó forma y fondo de la literatura universal. Todos los libros de Borges son buenos, pero el que se encuentra más cerca de mi corazón es El Hacedor.
El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Nunca he encontrado en ninguna otra novela el arte de contar llevado hasta sus últimas consecuencias. Me estoy viendo leerla a bordo del metro, reía yo tanto que la gente se volvía a mirarme. Pero no era una risa vacua, sino asentada en la tragedia que vivía su protagonista. Después caí en la cuenta de que ésa era la maravilla: la vida del chico parecía ser la de cualquier joven más o menos crápula, más o menos triste, más o menos cercano.
Por Jesús Alejo Santiago (Milenio)
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