17/12/2012
En la comunidad cristiana hacen falta escritores y escritoras. En comparación abundan predicadores, evangelistas, músicos, docentes de Escuela Dominical, profesores en instituciones teológicas. Todos éstos tal vez no cubran las necesidades existentes en las iglesias protestantes/evangélicas, pero el déficit de escritores es mayor.
Estoy convencido que en el pueblo evangélico hay bastantes más personas que podrían escribir y publicar de quienes lo hacen regularmente. Pero por distintas razones no se dedican a esta tarea.
En parte porque en las comunidades no se estimula esta actividad. Hay pocos ejemplos vivientes con quienes interactuar y que sirvan de modelo. No se estimula el oficio porque no se le valora. Es más, en términos generales, hasta se le desdeña y considera intrascendente como resultado de un anti intelectualismo de dudosas bases bíblicas.
Escribir es, entre otras cosas, compartir con otros lo que hay en nuestra mente y corazón. Esto presupone un cúmulo, un bagaje, el cual respalda lo que expresamos. La solidez de nuestra formación es la plataforma desde la cual externamos en forma escrita preocupaciones, análisis, esperanzas, advertencias, críticas, alegrías, dolores y celebraciones.
El escritor y politólogo mexicano Federico Reyes Heroles nos recuerda que quien escribe cumple una noble función entre la comunidad de la que forma parte: Decía Alexis de Tocqueville que la fortaleza de una nación radica en la solidez de sus recuerdos y el poderío de sus sueños. Pero el recuerdo y los sueños de una nación se tienen que plasmar en palabras. Sólo la palabra permite reconocernos, compartir, ser en lo individual y en lo colectivo. Pero la palabra no cae de un árbol como fruto gracioso. La palabra necesita de ingenieros que consoliden los cimientos, de arquitectos que imaginen una forma y, quizá lo más difícil de encontrar, de un alma que sienta por sí misma y por los demás
.
Cultivar las palabras, conjuntarlas, abonarlas amorosamente para ofrecerlas a unos pocos lectores y lectoras es un objetivo que tenemos quienes ocupamos buena parte del tiempo en llenar de letras unos cuantos folios, o cuartillas como decimos en México. Somos jardineros del sujeto, verbo y predicado.
Invertimos muchas jornadas para que las plantas florezcan, y su vista y aroma pueda ser contemplada y olfateado por alguien que descifra los signos redactados.
Escribir tiene que ver menos con el aprendizaje de reglas ortográficas y de redacción que con el hábito de aprender a pensar. No quiero que se me mal entienda en este punto. Un escritor/escritora tiene la obligación de conocer y manejar correctamente las normas del lenguaje, en esto no hay excusa. Sin embargo, me parece, lo primero es la capacidad de deconstruir un tópico con el fin de construir una propuesta.
Hace muchos años en clases de un enorme historiador mexicano, Gastón García Cantú, me quedó impresa una frase que nos deslizó a los integrantes de su seminario de investigación: escribe claro quien piensa claro
. Nos retaba a que en los avances que le entregábamos hubiese información dura, concisa, precisa y maciza. Insistía en que la columna vertebral del escrito fuera la argumentación, cuyo resultado apuntaba a persuadir sobre la validez de las conclusiones. Nos aleccionó a desechar la adjetivación reiterada, evitar frases grandilocuentes huecas, consignas ausentes de sustento.
Para escribir hay que tener la disciplina de sentarse frente a la página en blanco, y no levantarse hasta haber pergeñado en ella un conjunto de vocales y consonantes, una hilera de palabras cuyo conjunto es la expresión de nuestro pensamiento .
Por Carlos Martínez García (ProtestanteDigital.com)
Etiquetas: Alexis de Tocqueville, compartir, escribir, Federico Reyes Heroles, Gastón García Cantú

, escribe aquí tu comentario