06/12/2012
La escritora mexicana Cristina Rivera Garza escarba en los miedos más profundos, en su más reciente novela
Leer a Cristina Rivera Garza siempre es un placer perturbador. El mal de la taiga, su más reciente novela, no es la excepción. Escarba en los miedos más primarios y también en los aprendidos a través de los cuentos de toda la vida, que aparecen como fantasmas… apenas alguna referencia insinuada de efecto envolvente para situar al lector quizás en su propia historia de vida.
Es difícil describir lo que no se puede imaginar
, dice la voz que narra y parece que atrapa con ello una de las características más potentes del libro: la fuerza de la evocación, que la narradora mexicana trabaja con profundidad en cada personaje. Una pareja furtiva que se escapa para adentrarse en la taiga; el lobo feroz y también Hansel y Gretel; la realidad trastocada y el bosque, ese lugar tantas veces visitado y depositario de todos los temores y las magias; un marido, una detective y un pueblo que parece no tener nada qué decir sobre el destino de esa gente que se adentra en el paisaje boreal y se ha resignado al misterio.
Rivera Garza (Matamoros, 1964), autora, entre otras de: La cresta de Ilión, Nadie me verá llorar, Ningún reloj cuenta esto y Verde Shangai, es una de las escritoras mexicanas más reconocidas. Ha ganado el Premio Sor Juana dos veces, el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo 2001 y el Premio Internacional Anna Seghers 2005. Su obra ha sido traducida al inglés, al portugués, al alemán, al italiano y al coreano. Es doctora en Historia Latinoamericana. Vive en Estados Unidos y desde ahí también mira la realidad de México, a donde viene muy seguido. Estuvo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que recién terminó.
En entrevista, la autora habla sobre algunos de los rasgos de El mal de la taiga, publicada por Tusquets y asegura: Hay una cierta forma de escritura que te pide una cierta forma de leer
.
—¿Esta novela surge en qué momento literario de su obra?
—Yo tenía tiempo de no escribir tan febrilmente, tan delirantemente, tan desgastadamente. Se parece mucho a la energía, la adrenalina y al terror de cuando uno está iniciando, las primeras veces en que sientes que sí puedes llevar a cabo algo. Si uno esa sensación a la pregunta, digamos que es ese mítico, maravilloso volver a empezar, desaprender lo aprendido, que nunca es del todo posible, pero que captura por una parte los años de estar haciendo esto, que no se van a borrar, pero a la vez abre como una especie de grieta al capturar algo que es muy básico de la experiencia de la escritura, que a veces con los años se va difuminando. Las temáticas, los ritmos de esta novela se emparentaron muy bien con el adrenalinazo del que hablo.
—¿Ese borrador salió entonces en cuánto tiempo?
—La idea del mal de la Taiga, que describe este impulso suicida de las personas que tratan de escapar en estos parajes que son tan similares a sí mismos, que terminan perdiéndose y tal vez muriendo, anduvo en mi cabeza por mucho tiempo. Hice varios borradores, uno de ellos sí lo perdí por fortuna, pero no atinaba a darle a la textura, ni el ritmo que yo todavía quería tener en el libro. Cuando finalmente encontré lo que desde el punto de vista del escritor es la pequeña geometría, la pequeña máquina interna, vino ese periodo del febril del que hablo.
A mis alumnos con frecuencia les digo que si quieren escribir novelas se preparen como para la maratón porque el esfuerzo físico es enorme. En este caso tenía que caminar de menos una hora al día para mantenerme funcional física y mentalmente.
Pasan esos días, pero también luego viene la revisión, la curaduría del texto y eso también es escribir. Es difícil decir cuántos días fueron.
—Ese impulso con que se escribió está también en la lectura…
—Lo que pasa es que sí creo que hay una cierta forma de escritura que te pide una cierta forma de leer. No es algo que se diga explícitamente, pero creo que está en los ritmos internos del libro. Y si vas a galope es difícil pararte, como que no es parte de las reglas del juego pararte.
—¿La Taiga es también un estado mental?
—Yo creo que aquí cumple las dos funciones por supuesto, la descripción física de un espacio que existe en el mundo, que tiene su geografía, su mito, sus encantos, uno de ellos los cantantes de tuba que están incluidos en la playlist al final de la novela; pero claro que en el bosque, socialmente, culturalmente hemos construido mitos tremendos. Hay leyendas que nos estructuran de muchas maneras, que forman parte de nuestro inconsciente colectivo. El Bosque sin el lobo feroz y los niños perdidos pues no es le bosque. Yo creo que sí, no se trata de nada más de un lugar en la imaginación, un lugar mental, se trata de una presencia histórica en nuestro imaginario colectivo como género humano.
Por Informador.com.mx
Etiquetas: Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, La cresta de Ilión, Nadie me verá llorar, Ningún reloj cuenta esto, novela, Verde Shangai

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