22/11/2012
Un escritorio que habría pertenecido a Federico García Lorca es el protagonista de "La gran casa", la nueva novela de esta autora estadounidense, para quien escribir es un intento de comunicación íntima con los otros.
Nicole Krauss tiene una vida encantada. De muy joven quiso ser poeta. En su primer año universitario, en Stanford, se acercó al monumental poeta Joseph Brodsky para mostrarle sus versos. Se hicieron amigos y él, mentor de ella. Quiso escribir una novela. Lo hizo, se tituló Llega un hombre y dice y fue alabada por Susan Sontag como una gran voz en las letras americanas. Abandonó entonces la poesía para dedicarse a la novela y sólo ha conocido el éxito, tanto en ventas como en recepción crítica. Todo esto sería insoportable si no fuera merecido, pero lo es: Krauss es una escritora extraordinaria. Sus temas son los grandes temas de la literatura clásica-moderna: el amor, la memoria, cómo el individuo reconfigura su identidad con el paso del tiempo, y –también– qué papel juega la literatura misma en la existencia humana.
En La gran casa, su último libro, cuatro personajes están unidos por la historia y el destino de un enorme escritorio con una insólita cantidad de cajones. Cuando comienza la novela, el dueño del escritorio es un joven poeta chileno exiliado en la ciudad de Nueva York de la dictadura de Pinochet. Asegura que ese, alguna vez, fue el escritorio de Federico García Lorca. De regreso en Chile, lo deja al cuidado de una escritora que lo atesora durante 25 años y en el que escribe toda su obra. Intervienen, también, un intrépido anticuario especialista en recuperar muebles de familias judías robados durante la Segunda Guerra Mundial y una silenciosa pareja de londinenses cuyo secreto es la clave del desenlace del libro.
Hablamos con Krauss por teléfono en septiembre. Se encontraba en Madrid haciendo un tour promocional. Nos contó que la novela nació, en gran parte, por su obsesión con la primera época de la dictadura chilena sobre la cual leyó todo lo que pudo: Estaba embarazada de mi primer hijo, y mirando para atrás, me parece claro que mi interés por el tema fue una manera de enfrentar un miedo increíble que tenía en darme cuenta de que mi felicidad, desde ese momento, dependería de la seguridad y el bienestar de mi hijo. Leer sobre las madres de estos desaparecidos fue una manera de confrontar ese terror.
-¿Corta y reorganiza los distintos relatos mientras escribe?
-Todos mis libros –pero en particular los últimos dos que tienen estructuras polifónicas– son escritos exactamente en el orden en el que se leen. La única diferencia es que al principio de La gran casa, cuando estaba creando los personajes, trabajé en las cuatro voces principales al mismo tiempo. Uno de ellos venía de un cuento que había escrito tiempo antes. Una vez que tuve esos personajes –sólo eran como diez o quince páginas de cada uno– comencé a partir de ese cuento original y escribí el libro exactamente en el orden en el cual se lee.
-¿Imprime para ir leyendo lo que ha escrito? ¿Cómo mantiene la voz y la estructura narrativa?
-No imprimo mucho. Hago una impresión cuando caigo en la cuenta de que si pierdo mi computadora pierdo mi trabajo. Es más un instinto de archivo que me hace imprimir. Aunque es absolutamente cierto que cuando hago eso súbitamente hay una claridad –leyendo sobre la página– que no tengo leyendo en la computadora.Pero en términos de preservar la voz, las partes son bastante largas, entonces cuando estoy escribiendo en la voz de Nadia en la primera sección, soy ella, estoy dentro de ella. Y cuando me muevo a Aaron en Israel es completamente diferente y solamente pienso en el sonido de su voz mientras lo escribo. Tal vez sea eso lo que lo hace posible: el hecho de que estas voces tienen, cada una, un gran trozo del libro. Pero la estructura en sí está contenida dentro de mi mente. Cada escritor tiene sus cualidades distintivas, y a veces me pregunto si este sentido arquitectónico, que para mí es casi espacial, casi físico –porque puedo ver el libro en mi mente–, sea algo propio de cómo funciona mi cabeza.
-¿Me cuenta sobre el título, "Great House"? Acá le agregaron el artículo definitivo...
-Sí, ese debate causó mucho dolor. No pasó solamente en castellano, sino también en alemán y holandés y en varios otros idiomas donde el editor o traductor argumentaron, convincentemente, que era necesario. Y tuve que someterme a eso. En inglés no hay manera de que el artículo definitivo pueda funcionar. No es una casa en particular. Y espero que eso esté claro aun para la gente que lo está leyendo en castellano, cuando finalmente llegan a la página que relata una de estas Grandes Casas. Estoy hablando de la casa de estudio de Ben Zakkai que se quema en Jerusalén en el primer siglo AD. Pero en mi mente, la idea de una casa estaba operando en varios niveles. Uno es, simplemente, como pienso las novelas: son como un hogar, que tal vez sea mi único hogar real en el mundo. La mayoría de los escritores probablemente se sienten así sobre su trabajo. También siempre pienso en novelas como casas en las cuales vivo y en las cuales construyo desde adentro. Y además, por supuesto, todas las otras ideas sobre casas que están reflejadas y refractadas en la novela. Entonces, cuando se me ocurrió este relato sobre Ben Zakkai esta casa quemada me pareció el título perfecto. No me vino hasta ese momento, en el final.
-Los personajes de la novela llegan a un momento hacia el final de sus existencias en el que se dan cuenta de que sus vidas no fueron lo que ellos siempre decían que eran. ¿Pensaba en su propia vida cuando decidía el destino de estos personajes?
-No. Creo que lo que estás describiendo es un reflejo de la sensación que tengo mientras escribo que hay una oportunidad de absoluta y brutal honestidad. Tengo esa honestidad conmigo mismo, pero también con los personajes. Pero tienes razón. Los encuentras a todos en la mitad de una lucha intensa consigo mismos. Aunque siempre siento que ser brutalmente honesto con uno mismo, o con los demás, no se trata simplemente de infligir dolor. Si solamente fuera eso, seguiríamos mintiéndonos a nosotros mismos. Siempre conlleva un sentido de que la honestidad vale algo. Que permite algún tipo de trascendencia sin la cual terminaríamos encarcelados dentro de nosotros mismos.
Por Andres Hax (Revista Ñ)
Etiquetas: Federico García Lorca, Nicole Krauss, novela

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