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Sobre lo fácil y lo difícil, por Toni Garzón Abad - España España

20/11/2012

Que se me permita iniciar este comentario formulando una inofensiva autorreferencia y yendo al grano. Prometo que no servirá de precedente pero es que hace un par de meses la Editorial Maia me ha publicado el libro Divino Tesoro. Casi un ensayo contra la juventud en el que he estado enfrascado y currando durante casi tres años. Y no va a ser otra mi intención que utilizar este hecho para promocionar un poco el ensayo y proponer, de paso, un par de reflexiones que confío que resulten interesantes para aquél que se anime a leer las presentes líneas, y después acuda a una librería cualquiera para adquirir el libro (que en el fondo es de lo que se trata, no nos engañemos).

Aunque empezaré constatando que, de momento, el ensayo va por “un más que aceptable” buen camino en cuanto a las cifras de ventas se refiere (ya se sabe Divino Tesoro es un “ensayo” y con estas criaturas y en este país hay que tener una paciencia cuasi-infiniiiiita). Una vez que un libro se edita casi siempre es este “camino de acogida” o “camino de la comercialidad” la única e intrincada senda que se ve obligado a transitar. El resto de cosas viene, después, por añadidura.

Y eso que, como escribo en su contraportada del libro y parafraseando la canción de Golpes Bajos (creo), "corren malos tiempos para la lírica". Pero qué le vamos hacer. Nunca podremos ser dueños del tiempo. Ni apuntar sus señas entre las notas de aviso de nuestro móvil. ¿O acaso tiene el tiempo un teléfono, una dirección, una "casa"? No, claro. El tiempo se nos escurre, más o menos, puñetero y rápido de entre los dedos. El tiempo no soy yo. El tiempo es un aparte de mí. Por ello pretender ser su dueño sólo puede saldarse con el fracaso más estrepitoso que imaginar pudiéramos; un fracaso que aporreará, insistentemente, las ventanas y puertas de nuestra casa y no nos dejará dormir en paz. Incluso, se me ocurre, si el más avezado relojero rompiera su más preciado cronómetro con la intención de frenar el tiempo, de hacerlo suyo, y después se sentara a esperar o a contemplar las musarañas comprobaría cariacontecido que, al cabo de unas horas, el cielo se ha oscurecido y que a él le han entrado unas tremendas ganas de cenar.

Así que, de momento, me soporto por ese buen camino de las ventas. Ya no podré incluirme en aquel viejo chiste que contaba cómo dos amigos se reencuentran después de muchos años sin verse y uno le dice el otro:

- ¡Coño, tío, cuánto tiempo! ¿Qué haces?
- No gran cosa- respondería el segundo- Escribí una novela.
- Ah, sí, ya la compré.
- ¡Ah, fuiste tú!

No, no parece que esto vaya a ocurrirme, aunque tampoco me convertiré en un Tolkien a la española. Tampoco era ésa mi intención. De hecho el libro tiene su pequeña y consciente dificultad. No es, digámoslo ya, un libro de lectura fácil y rápida. Abundan en él, por ejemplo, las frases largas. Y los paréntesis. Muchos paréntesis. Algunos me lo han comentado. Y reprochado. Otros, incluso, optan saltárselos. Y leen como si los paréntesis no estuvieran ahí. Ellos se lo pierden. Porque a mí los paréntesis me gustan. Y son muy importantes. Cumplen una función básica en mi estilo. Vendrían a representar la figura de un insistente Pepito Grillo que estuviera sujetado sobre mis hombros y quisiera añadir una coletilla a todo aquello que escribo o que trato de explicar y que él, a su vez, va me puntualiza.

De tal manera que animaría al lector, que abra mi ensayo, a leer esas frases con paréntesis dos veces: una, con el paréntesis y la otra, sin él. Con lo que la lectura del ensayo se hará más lenta y reposada, menos ADSL, que fue una de las intenciones que tenía en mente cuando me propuse redactarlo. Nada de prisas. Huir de las precipitaciones y de los juicios atolondrados. No caigamos en esos tiempos jóvenes que denuncio en el ensayo. No nos rompamos la crisma ni nos dejemos atropellar por ese tren velocísimo (del progreso, sin duda) por no haber sabido mirar antes a los lados.

Sí, quizás, éste pudiera ser un buen resumen del libro. Sí, y quizás ésta pudiera ser una de las razones por las que abundan en el texto las frases (conscientemente) enrevesadas. Para que el libro cueste… leerlo (comprarlo no tanto: 12€). Porque yo, por lo menos, estoy harto de lo fácil. Porque, en este mundo, lo fácil es mentira. Lo fácil es el opio de nuestro pueblo. Lo fácil es Sálvame de luxe. Lo fácil es decir, fútbol es fútbol y quedarse tan ancho. Y yo, sin embargo, prefiero quedarme con Goethe, y terminar, así, estas líneas un tanto precipitadas y ¿hagiográficas? con aquella leyenda (urbana) que cuenta cómo el escritor alemán daba siempre a leer a su doncella aquello que había terminado de escribir y después le preguntaba:

- ¿Qué le ha parecido?
Y ella contestaba:
- Muy claro, Herr Goethe, está todo muy claro.
A lo que el genio respondía:
- Está bien. Entonces habrá que oscurecerlo un poco.

Y, de esta forma, he escrito Divino Tesoro. Con el sano deseo de que no todo esté claro desde el principio. De que haya que frenarse de vez en cuando. Y volver la mirada hacia atrás (sin ira o con ira, dependerá de lo que nos encontremos y de nuestro estado de ánimo). Porque, ¿de dónde nos habrá venido esa arrogante manía de pretender entenderlo todo a la primera y de pensar, a continuación, que si no lo hemos logrado es que lo incomprendido es, en el fondo, una tontería que no tiene la mínima importancia?, ¿o será, tal vez, ésta otra de las premisas que estos tiempos jóvenes se empeñan en inculcarnos a diario sin que, de momento, nadie parezca querer darse por aludido?

Toni Garzón Abad
[email protected]


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Etiquetas: Divino Tesoro, Editorial Maia, ensayo, Tony Garzón Abad

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