20/11/2012
El filósofo francés André Comte-Sponville presenta en Madrid "Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad", un libro tan elocuente como provocador
Llaman la atención los calcetines blancos, a juego con el pelo, bien plantado en una cabeza tan proporcionada como su interior, a juzgar por lo que escribe y por lo que dice. André Comte-Sponville es alto y, aunque se contiene con una cordura muy francesa que no excluye la coquetería, guapo, y lo sabe. No se engaña. Habla con un timbre lleno de modulaciones, con seguridad, mirando a los ojos de su interlocutor, sacándole al francés todas sus inflexiones, pero sin recrear la suerte. Sin que dé la apariencia de escucharse, sino de explotar a conciencia las posibilidades de la sintaxis francesa. Élisabeth Perelló Santandreu hizo las labores de traductora.
No es blando ni busca la complicidad del otro por la vía de la piel, sino de la inteligencia, aunque en "Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad" (editorial Paidós) pone toda la carne en el asador. Se atreve a pensar no solo a partir de sus filósofos más queridos (un olimpo razonable coronado por Montaigne, pero acompañado por Spinoza, Epicuro, los estoicos..., además de Claude Lévi-Strauss, Marcel Conche y Clément Rosset, y muchos poetas), sino de su propia experiencia vital. Asegura que «el sexo es una escuela de humildad, sobre todo para el hombre. Porque el sexo del hombre es desobediente por natuaraleza», y está convencido de que el futuro es de la mujer, porque humaniza al hombre
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Nacido en París en 1952, es uno de los filósofos franceses más brillantes y queridos, y no solo dentro del hexágono. Practica con donosura una de las más amables exigencias de José Ortega y Gasset: la claridad como cortesía del filósofo. No solo se le entiende, sino que se paladea la prosa de este profesor de la Universidad de La Sorbona. Casi todos sus provocadores y estimulantes libros han sido publicados en España por Paidós, entre ellos "La felicidad desesperadamente"; "El capitalismo, ¿es moral?"; "Pequeño tratado de las grandes virtudes"; "El alma del ateísmo"; "Montaigne y la filosofía", y "El placer de vivir".
Una entrevista es un intento de conocimiento del otro en un lapso determinado de tiempo, casi siempre demasiado breve. Esta se celebró una suave mañana de otoño en el Instituto Francés de Madrid, y pretende animar a leer a Comte-Sponville, porque la mejor forma de conocerle es a través de sus libros. Son una invitación a pensar, y a vivir desesperadamente, no en vano está convencido de que la filosofía nos enseña a vivir, a vivir mejor
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¿Qué pretende conseguir con sus libros: conocer el mundo y la naturaleza humana, hacer que otros la conozcan y se conozcan mejor a sí mismos, darse a conocer a usted mismo?
Supongo que en parte todas esas razones. Pero para conocer el mundo no hace falta la filosofía. Para conocer la naturaleza que nos rodea están las ciencias naturales. Para conocer la naturaleza humana están las humanidades. Pero para saber qué hacer con todas ellas, para saber cómo vivirlas, está la filosofía. Yo creo que una vez que adquirimos los conocimientos a través de las ciencias tanto naturales como humanas hay que saber qué hacer con ellas y cómo vivirlas, y la filosofía nos enseña a vivir, a vivir mejor.
¿Qué le llevó a escribir "Ni el sexo ni la muerte. Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad"?
Sobre el amor he escrito mucho y los filósofos han escrito mucho. Yo ya había escrito muchas cosas y pronunciado conferencias sobre el amor. En filosofía se ha publicado mucho sobre el amor, pero nunca había escrito nada sobre el sexo, y cuando buscas bibliografía entre los filósofos apenas encuentras nada sobre el sexo. Entonces me pregunté cómo era posible que hubiera tanto escrito sobre el amor y tan poco sobre el sexo. Esa asimetría me atrajo. Quise unir ambos asuntos y preguntarme qué tenía que ver el uno con el otro.
¿Era el mismo antes de escribirlo? ¿Será uno el mismo después de leerlo?
No creo que haya cambiado después de este libro. Uno cambia menos a mis años que cuando se es más joven, pero lo que sí puede haber cambiado es la forma en la que veo el sexo. Hemos vivido veinte siglos, en la Europa cristiana, en los que la religión nos ha hecho pensar que el sexo era malo, algo negativo. Esto afortunadamente ya no es así y ya no lo creemos. Lo que ocurre es que hemos pasado al otro extremo. A partir de los años sesenta y setenta del siglo XX hemos pasado a pensar que el sexo no tiene ninguna importancia, que es como tomarse un café. Hemos pasado de la demonización a la banalización del sexo. Escribiendo este libro he descubierto que el sexo es amoral, es animal, y por eso es tan bueno. Este libro me ha ayudado a tener conciencia de esto y a aceptar esta parte amoral y animal, y espero que ayude a los lectores a aceptarlo.
Este libro no es un manual al uso. No es desde luego un libro de auto-ayuda. No se puede resumir en una entrevista. Hay que leerlo, y pensarlo, si se quiere entenderlo, y sacarle partido, pero ¿por qué animaría a leerlo a quien le da miedo la filosofía?
Desde luego es un libro de filosofía, no es un libro de autoayuda ni de psicología, porque me parece que la filosofía es mucho más interesante, entre otras razones porque en filosofía también se reflexiona sobre la psicología. Tal vez yo no sea el más indicado para decirlo, pero animaría a leer este libro a quien sienta miedo de la filosofía diciendo que en él se explican las cosas de forma clara y desde luego no es lo que a veces pensamos que es un tratado filosófico, lleno de jerga, sino que intento que sea lo más comprensible posible. No se dirige a unos profesionales de la filosofía sino al público en general para que reflexione.
¿En qué medida se convirtió usted y sus experiencias sexuales y amorosas en objeto de estudio, o prefirió fiarse más de las deducciones y conclusiones de Platón, Aristóteles, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Rilke y, sobre todo, de Montaigne?
Yo diría que ambas cosas. Obviamente mi experiencia amorosa, personal, me ha ayudado a ver que el amor, el enamoramiento, no dura toda la vida. El que te diga que después de treinta años de matrimonio sigue tan enamorado como el primer día es que miente. No es así. Pero también veo que yo por mi experiencia personal soy mucho más feliz en matrimonio que solo. Me alegro de mi situación, y esto me da alegría en la vida. Pero para ello, para decir también que el amor no dura puedo –como hace el poeta Louis Aragon, resumiendo el pensamiento de Platón– decir que no hay amor feliz, porque una vez que estás en presencia de la persona que amas ya la tienes, y desaparece el amor. Por eso cito a Schopenhauer, porque se puede ir de Platón a Schopenhauer, del enamoramiento al tedio, pero también se puede optar por ir de Aristóteles a Spinoza, que hablan del goce del amor, de la alegría que da la presencia del otro, del ser amado, de la pareja. En cuanto a la sexualidad me di cuenta de que la razón por la que los filósofos no escribían sobre ella es porque en realidad los filósofos escriben sobre el espíritu, el pensamiento, y la sexualidad es lo más corpóreo que tiene el ser humano. Los filósofos escriben sobre la moral, y la sexualidad es lo más amoral, lo más animal que tenemos. Por lo tanto vemos esta dicotomía entre amor y sexo. Pero también el hecho de que la moral defienda la dignidad de la persona, el respeto, el no tratar –como defiende Kant– a la persona como un medio sino siempre como un fin, no como un objeto. Y sin embargo en la sexualidad no se respeta a la persona, no se respeta la dignidad de la persona, se trata a la persona como a un objeto, y se apela al instinto más corpóreo, más animal, más carnal del ser humano... Tratar al otro como un medio o entregarse a él como una bestia, ¡qué bueno es! De hecho vemos que los animales no son eróticos cuando hacen el amor, porque lo hacen de forma inocente, porque no son inmorales. De ahí que el sexo sea tan extraño. No es que sea inmoral amar, sino que el amor nos libera de la moral.
A los filósofos les cuesta mucho hablar de la sexualidad humana, y hay mucho pudor a la hora de hablar de la sexualidad personal. Pero hay una corriente en la literatura francesa que exhibe de forma bastante obscena su visión de la sexualidad incluso de forma autobiográfica, como en los casos de Colette, Catherine Millet y Michel Houellebecq... ¿Qué le parece este contraste entre los filósofos y los novelistas?
El punto de vista no es el mismo. La filosofía no ha ahondado en ese tema porque la filosofía siempre busca una verdad general, casi universal. Una verdad que se refiriera solo a mí no sería filosofía. La verdad que yo encuentro para mí debe servirle a todos, a la humanidad. Y sin embargo en la literatura ocurre lo contrario, y sobre todo si es autobiográfica. Lo que interesa es la verdad de un individuo, y esa no es la mía. ¿Por qué me interesa leer tu diario? Porque tu verdad no es la mía, y eso es lo que me interesa conocer. De los autores que cita, Colette, a la que yo estimo mucho, es bastante más púdica que Catherine Millet o Michel Houellebecq. Yo me alegro de que Millet o Houellebecq hayan escrito sus libros. Me parecen interesantes y por eso los he leído. Ahora bien, yo no tengo el menor interés en contar mi vida sexual particular, sobre todo porque el contar tu vida sexual implica contar la vida sexual de aquellos con los que tienes relaciones sexuales. Si contara la forma en la que yo hago el amor contaría la forma en que mi mujer hace el amor, y desde luego no me veo habilitado ni con el derecho de contar cómo hace el amor mi mujer.
Dice que «la sexualidad no es inocente», que por su origen es el más animal de nuestros placeres
y por su objeto el más humano
, ¿cómo hacerla moralmente aceptable?
La forma de hacer que algo tan amoral, casi inmoral, como la sexualidad sea aceptable moralmente es que tienen que estar presentes tres elementos fundamentales: la libertad, la igualdad y la reciprocidad. Si yo le falto al respeto a mi mujer cuando hago el amor con ella, ella debe poder faltarme también al respeto a mí. Esto es la reciprocidad. Claro que hay que tener también en cuenta que si la forma en que haces el amor a tu mujer es demasiado respetuosa no creo que tu mujer quede satisfecha, y no creo que tú quedes también satisfecho. Yo debo tener la libertad de asumir mi lado más animal, más salvaje, pero también mi mujer debe tener la libertad de asumir su lado más animal. Eso es justamente lo que pensaba Kant, aunque no sepamos casi nada de su vida sexual, de quien presumimos una vida sexual bastante pobre (no estaba casado, no se le conocieron amantes). Por el contrario, lo más opuesto a este marco, a esa triple condición, es la violación, en la que no están presentes ni la libertad, ni la igualdad, ni la reciprocidad. En grado algo menor también se situaría la prostitución, porque aunque se trate de una relación consentida entre dos adultos, si se trata de alguien libre, que no esté a las órdenes de un proxeneta, no estarían presentes ni la reciprocidad ni la igualdad. Estos elementos son necesarios para que la sexualidad sea aceptable. Además habría que considerar la cuestión de la poligamia, en la que puede haber libertad, pero no igualdad ni reciprocidad, porque el polígamo puede tener varias mujeres, pero cada mujer sólo lo tiene a él.
Las madres y las mujeres captan buena parte no sólo de su atención sino de su admiración. Citando a Rilke dice que «las mujeres parecen haberse transformado en personas más humanas que los hombres». ¿Por qué?
Una humanidad que se feminiza es una humanidad que se humaniza. Como digo en mi libro, en cierta medida a modo de provocación, el amor es una invención de la mujer. Una humanidad exclusivamente masculina abandonaría el amor. Son las mujeres y las madres las que nos enseñan a amar. Como señaló Freud, la primera historia de amor, tanto para el niño como para la niña, es con la madre. La parte femenina de la mujer ha jugado y juega un papel decisivo en cuanto a la humanización del hombre, el devenir humano de la humanidad. Sí, efectivamente, yo creo que las mujeres y las muchachas son más humanas. Si este mundo fuera solo de hombres hubieran bastado la guerra y el sexo, y tal vez el fútbol. Pero a las mujeres esto no les bastaba y entonces tuvieron que inventar el amor. Antes que como amantes o como amigas, las mujeres han inventado el amor por ser madres, y luego se lo han enseñado a los hombres, y estos se han ido humanizando, aprendiendo el amor. Algunos lo interpretan tan bien que parece natural para ellos, pero desde luego es gracias a las mujeres que la sociedad se haya feminizado estos últimos años, han logrado una sociedad más humana. El futuro desde luego es de la mujer porque humaniza al hombre y esto, la humanización, es el futuro del género humano.
Por Alfonso Armada (El País)
Etiquetas: André Comte-Sponville, Claude Lévi-Strauss, Clément Rosset, editorial Paidós, ensayos, Marcel Conche, muerte, sexo, sexualidad

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