19/11/2012
Es una novela de sentimientos, una novela de amor
, establece Arturo Pérez-Reverte. Y añade enseguida, apretando las mandíbulas: Terreno peligroso
. Estamos en un rincón de la enorme biblioteca de la nueva casa del escritor en una exclusiva urbanización de Las Rozas, en Madrid, para hablar de su última novela, la tan emocionante y, sí, romántica El tango de la Guardia Vieja (Alfaguara). Aquí, en su nuevo hogar, que describe con su épica habitual como mi última trinchera
—y de hecho me enseña unas aspilleras en un muro—, Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ha encontrado al fin espacio para desplegar, además de sus libros, la abigarrada colección de objetos que sintetizan su mundo creativo y sus intereses vitales. Entre lo que reclama la atención del ojo, panoplias de espadas y sables —incluida la toledana de Viggo Mortensen en Alatriste—, una escafandra de buzo, un máuser con bayoneta, la cinta de la gorra de un marinero del acorazado de bolsillo Graf Spee, maquetas de barcos, soldados napoleónicos a escala y cuadros de temática militar (especialmente el espectacular lienzo Rocroi, el último tercio, de Augusto Ferrer-Dalmau, exhibido en todo su esplendor). Un largo catalejo antiguo forrado en piel de ballena y de tacto áspero como el alma de Ahab es, explica el novelista, regalo de Javier Marías. Tras ofrecerme un tablero de ajedrez (!) para que apoye al escribir, Pérez-Reverte ha tomado asiento en una silla Wassily en la que no parará de revolverse durante toda la entrevista.
¿Terreno peligroso, el amor? Estamos en una época en que se abusa de los sentimientos y produce cierto reparo hablar de ellos, que no se confunda sentimental con sentimentalismo
. En todo caso, el novelista advierte: No me he salido de mi territorio, ni de mis personajes, mis héroes y mis mujeres
.
En El tango de la Guardia Vieja, asombroso compendio de amor y aventuras que nos lleva de un peligroso galpón en Buenos Aires —donde se baila el tango sin adulterar, el tango del título— a las intrigas en un torneo internacional de ajedrez en Sorrento durante la guerra fría, pasando por un asunto de espionaje en Niza con el trasfondo de la guerra civil española, los protagonistas son Max Costa, un apuesto vividor de encantadora sonrisa, bailarín de salón y ladrón de guante blanco a lo Rocambole o Lupin, y Mercedes Inzunza, Mecha, una bella mujer de la alta sociedad cuyas vidas se cruzan en tres intensos momentos a lo largo de cuatro décadas del siglo XX. Lo central es la confrontación entre esos dos personajes, sus sentimientos, recelos, memorias. Aunque hay acción, por supuesto, y sexo, turbio y no tanto, y espionaje, y guerra, y ruleta, y ajedrez, y tango. Pero todo eso está en segundo plano, insisto, es el telón de fondo sobre el que dialogan los dos protagonistas, testigos uno del otro, a lo largo de esa historia de amor y memoria en tres momentos de la historia europea
.
El tercer protagonista sería esa Europa que desaparece
, de fiesta acabada
y que el novelista ha documentado con un detalle extraordinario, sembrando la narración de precisas referencias significativas a la moda, los usos y costumbres, las marcas, las músicas, las lecturas, los hoteles y los acontecimientos que caracterizaron cada periodo al que nos lleva: los años veinte (1928), los treinta (1937) y los sesenta (1966), cuando la pareja protagonista son ya sexagenarios. Es curioso ver a Pérez-Reverte hablando de modistas, de Schiaparelli o Poiret, de pitilleras, de sombreros, de estilográficas, de relojes, de Patek Philippe o Festina. Hay mucho sedimento en esta novela, muy decantado, la llevo trabajando veinte años. La empecé en 1990, pero vi que me faltaba madurez para escribirla, arrugas en la cara, canas, conocer el mundo interior de mis personajes cuando se hacen mayores. La dejé y escribí en cambio El Club Dumas, así que no me quejo. Y todos estos años he seguido recopilando material
. Pérez-Reverte se levanta y vuelve con un archivador de cartón, del que extrae amarillentos recortes de diario, antiguos folletos publicitarios y viejas páginas de revistas. Exhibe incluso la imagen de una lancha que es la que aparece en un momento de la narración. El novelista, que ha estudiado las cotizaciones de aquellos tiempos, la forma de fumar o cómo abrir una caja fuerte de entonces, advierte que no se trata de una enciclopedia sobre la época sino que la exactitud está al servicio de la narración para situar perfectamente al lector en cada momento. De hecho, pese a que la trama da saltos temporales continuamente, siempre sabes dónde te encuentras. Pérez-Reverte subraya que lo importante es la relación de los personajes y el resto solo el escenario; si no sería Ken Follett
, zanja.
¿Nostalgia por esa Europa perdida? Hay en la novela un continuo ejercicio de nostalgias, pero no son las mías, son las de ellos, los personajes, yo soy muy realista: lo que ha desaparecido ha desaparecido. Era un mundo que me interesaba por la estética, por las actitudes, porque daba personajes muy interesantes, pero no lamento que se haya extinguido
.
Llena de momentos emocionantes —la excursión a los bajos fondos bonaerenses, los robos con escalo, los disparos, cuchilladas y golpes—, perez-revertiana hasta las cachas, la novela, que en parte es un thriller, se caracteriza sin embargo por un nuevo registro sentimental, profundo, enormemente conmovedor. Hay escenas inolvidables —los rencuentros de los amantes, Max pasando las perlas del collar de Mecha entre los dedos como si fueran las cuentas de un rosario— y pasajes arrebatados: Tal vez fuera amor aquel desgarro intolerable, el vacío ante la inminencia de la partida, la tristeza desoladora que casi desplazaba al instinto de ponerse a salvo y sobrevivir
. Pérez-Reverte dice que ya ha escrito otras historias de amor y que no ha intentado llegar a otro público con esta novela. Mis lectores van a encontrar también lo de siempre, aunque no tengo ningún problema con eso, cuanto más me lean mejor
.
Realidad y ficción se mezclan en la novela. El banquero de Franco, Ferriol, apenas encubre la figura de Juan March, es cierto que a Errol Flynn le rompieron la cara más de una vez (pero probablemente no fue Max Costa), a un personaje lo fusilan en Paracuellos y no hay duda de que Ciano —tres supuestas cartas del cual son el McGuffin de un episodio de la novela— tuvo problemillas con su suegro Mussolini. El buscavidas Max es al principio un “bailarín mundano” —con un traumático pasado en la Legión y exbotones del Ritz barcelonés— que engatusa a mujeres de alta sociedad a las que luego roba. Incluso seduce ¡a una prima de don Juan de Borbón! Es un rufián simpático, el hombre con el que todas querrían bailar un tango
, explica Pérez-Reverte. Es también alguien con una flemática falta de esperanza y con un código de honor que nos suena: Yo vivo de mi sable y mi caballo
, asegura en la novela.
Por Jacinto Antón (El País)
Etiquetas: Alfaguara, Arturo Pérez-Reverte, El tango de la Guardia Vieja, novela

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