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Sobre la muerte. Algunas voces de escritores

15/11/2012

A lo mejor todo lo que nos ocurre en la vida no es más que una larga preparación para abandonarla, proclama Max Morden, narrador y protagonista de El mar, novela de John Banville. Su esposa Anna ha muerto después de una larga enfermedad y él decide finalmente recluirse en el pueblo costero donde veraneaba de niño junto a sus padres. A propósito de la pérdida de su mujer, la experiencia del reencuentro con su pasado más remoto se verá salpicada de un puñado de reflexiones sobre la vida, la enfermedad terminal y la muerte.

No escasean los escritores que en sus novelas miran de lleno a los ojos de la muerte. No es de extrañar, pues, como escribió Fernando Pessoa en Libro del desasosiego, en lo que nace, tanto podemos sentir lo que nace como pensar lo que ha de morir. Para pensar esto último, sin embargo, tal vez sea necesario alcanzar la facultad que este poeta supo desplegar de verse viendo por detrás de los propios ojos:

Veo como veía, pero por detrás de los ojos me veo viendo; y sólo con ello se me oscurece el sol y el verde de los árboles es viejo y las flores se marchitan antes de aparecer.

Una idea parecida expresa Rainer Maria Rilke en Los apuntes de Malte Laurids Brigge. Escribe en un pasaje de este libro:

¡Qué melancolía y dulzura tenía la belleza de las mujeres encintas y de pie, cuando su gran vientre, sobre el que, a pesar suyo, reposaban sus largas manos, contenía dos frutos: un niño y una muerte. Su sonrisa densa, casi nutritiva en su rostro tan vacío, ¿no provenía quizá de que sentían a veces crecer en ellas el uno y la otra?

Regreso a la cita de Pessoa. Su invitación a sentir en lo que nace también lo que ha de morir me remite a una nota en los últimos Diarios de Sándor Márai:

Nacer no es una experiencia, porque es accidental: nos pasa sin más, involuntariamente. La muerte sí constituye una experiencia, puesto que nos sobreviene contra nuestra voluntad.

No siempre se presenta la muerte como el último destino dictado por el curso biológico de la existencia. Puede aparecer de forma imprevista en cualquier momento. A pesar de esta evidencia, se insiste en volverle la cara. Escribe Sándor Márai en otro fragmento de sus Diarios:

Para los supervivientes, la muerte inesperada es como un insulto. Protestan indignados como si dijeran: ¡qué indiscreción!

No parece soportable convivir en un estado de permanente vigilia con la idea de la finitud de la vida. Incluso la inminencia de la muerte suele generar autoengaño en las personas, tal y como indica John Banville en Los infinitos. En este libro destaca una cita de Arthur Köstler significativa al respecto:

La incredulidad ante tu propia muerte crece en proporción a su proximidad.

Añade Köstler que la mente se vale de mecanismos para alejarse del pensamiento de la muerte. Así es capaz de dividir en dos mitades la conciencia para que una de ellas examine fríamente lo que la otra está experimentando. Esta idea se sitúa en la línea de otra aportada por Freud:

Es, en efecto, imposible imaginar nuestra propia muerte; y siempre que lo intentamos advertimos que de hecho seguimos estando presentes como espectadores.

De ahí que, por lo general, se hable en clave de la muerte, de la propia y del fallecimiento de los seres más próximos. Un fragmento de Los infinitos revela ese modo de proceder que consiste en buscar voces alternativas que sustituyan a la innombrable muerte. En una estancia se han reunido el narrador e Ivy, una mujer joven. Se hallan en una finca campestre en la que se ha recluido la familia Godley a la espera de la defunción  del padre de familia, el viejo Adam. No hay vuelta atrás en su estado de coma. Todos están muy ajetreados e Ivy le pregunta al narrador si ha venido de la sala donde se encuentran los demás. La escena transcurre así:

- ¿Vienes de allí?
- Sí.
- ¿No hay noticias?
- Sin novedad.

Entonces concluye el narrador, refiriéndose a los mortales y dirigiéndose al lector:

Lo que es su forma en clave de consultarse sobre la cuestión del esperado fallecimiento del viejo Adam.

En los casos en que nos encontramos junto a un moribundo, asistir a su muerte nos puede llevar a experimentar una sensación de temor, cuando no de pánico. Interiormente se desea salir corriendo a pedir auxilio, como si la muerte fuera una experiencia más de entre las experiencias temporales. Cuenta Max Morden en El mar, recordando su presencia en la habitación del hospital donde estaba ingresada su mujer:

Anna tosió, y sonó como un entrechocar de huesos. Sabía que era el final. Sentí que no estaba a la altura del momento y quise gritar pidiendo ayuda. ¡Enfermera, enfermera, venga rápido, mi mujer me está dejando!

Antes de presenciar la muerte por enfermedad de un ser querido hemos de enfrentarnos al anuncio del diagnóstico médico. Ante la sospecha del peor mal, la mente suele recurrir a divagaciones como un modo de distracción. Es lo que le ocurre a Max Morden en la primera consulta decisiva con el doctor, el señor Todd (Tod en alemán significa muerte). Dice en un pasaje de El mar:

El señor Todd nos invitó a sentarnos. No podía tolerar la idea de acomodarme en una silla, por lo que me acerqué hasta la pared de cristal y me quedé allí de pie, asomándome. Justo debajo de mí había un roble, o quizá era un haya, nunca he distinguido muy bien esos árboles caducifolios tan grandes, desde luego no era un olmo, pues están todos muertos, pero algo noble, de todos modos, el verde veraniego de su amplia copa apenas había sido plateado por el aliento del invierno. Relucían los techos de los coches. Una joven con un vestido oscuro cruzaba rápidamente el aparcamiento, e incluso a esa distancia podía oír el sonido metálico de sus tacones sobre el asfalto. Anna se reflejaba pálidamente en el cristal que tenía delante de mí, sentada muy cerca sobre la silla metálica, en un perfil de tres cuartos, comportándose como la paciente modelo, una rodilla cruzada sobre la otra y las manos juntas sobre el muslo.  El señor Todd se sentaba de lado ante su escritorio, hojeando los papeles del historial médico de Anna; la cartulina rosa pálido de la carpeta me recordó esas gélidas mañanas de verano en la escuela después de las vacaciones de verano, el tacto de los flamantes libros de texto y el olor de tinta y de los lápices afilados, lleno de presagios. Cómo divaga la mente, incluso en las ocasiones más concentradas.

Una vez conocido el dictamen médico, se alza un muro infranqueable entre la vida y la enfermedad mortal. Se siente, haciendo uso de unas palabras de Rilke, que

la vida se desliza sin estar anudada a ninguna cosa, como un reloj en un cuarto vacío.

De esta sensación habla también Enrique Vila-Matas en su primer Dietario voluble. Cuenta sobre su enfermedad renal severa que a punto estuvo de llevarle a la tumba. Al tercer día de su ingreso en la décima planta de un hospital descubrió desde la ventana que sorprendentemente había vida abajo. Se fijó en el hormigueo de gente, según escribe,

cruzando febrilmente avenidas y calles: la misma enloquecida circulación humana que no se alteró cuando el joven de La condena de Kafka se arrojó desde la ventana de su casa paterna.

También cuando alguien muere las cosas continúan existiendo, encantadoras e indiferentes. Dice Vila-Matas en su Dietario voluble:

¡Pero si ya sabemos que nada revela tanto la pérdida de un individuo como la continuación de la vida en el mundo, que se aleja cada vez más de los ojos que ya no lo pueden mirar!

Por Elisa Rodríguez Court (RevistadeLetras)

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Etiquetas: Max Morden, John Banville, Fernando Pessoa, la muerte, Rainer Maria Rilke, Arthur Köstler, Enrique Vila-Matas

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