10/10/2012
La inglesa Rachel Joyce conquista a los lectores en su debut novelístico: "El insólito peregrinaje de Harold Fry" y revela las claves. La obra será llevada al cine
El césped ataja el asfalto de la carretera que los árboles recubren de bóvedas verdes en pleno Gloucestershire. En una granja de Brownshill, pequeño pueblo de esta área de la campiña inglesa, se refugia de la vida la escritora Rachel Joyce (Londres, 1962). Y por un escenario así pone a andar a Harold, el jubilado protagonista de su sorprendente y exitoso debut literario, El insólito peregrinaje de Harold Fry (Salamandra en español y La Magrana, en catalán).
Todo parece simple en la vida y en la novela de Joyce, pero es como los ríos de la zona: asoman mansos pero la corriente del agua y de los sentimientos fluye tenaz y profunda. En la obra se traduce en un anodino recién jubilado que recibe la carta de una amiga a la que no ve desde hace 20 años y donde le comunica escuetamente que va a morir de cáncer. La respuesta aún es más breve, totalmente insatisfactoria y mientras va al buzón de la esquina a tirarla, Harold se lo repiensa y se da tiempo emplazándose a otro buzón más lejano y así hasta que decide que irá a pie desde Kingsbridge, tal como va (mocasines náuticos, sin móvil, sin ropa adecuada, sin avisar a su esposa), hasta donde la mujer que agoniza, en Berwick-upon-Tweed, casi la otra punta del país, un peregrinaje de 87 días y 1.009 kilómetros que acabará siendo una expiación de sus pasados pecados con la corresponsal y con su familia.
En el fondo, la novela, generosa en mensajes, trata de la batalla cotidiana por aguantar la fachada, por enmascarar lo que nos pasa por dentro, admite su autora: Todos libramos cada día esa contienda, parecemos iguales y nos mostramos impertérritos por fuera y eso nos hace sentir aún más solos. Harold es la demostración: como está de paso, la gente se le abre y le cuenta cosas que a sus más allegados no relatan; sí, estamos solos y nuestra sociedad es individualista, pero necesitamos conectar con la gente
; el protagonista, piensa su creadora, al caminar vuelve a conectar, con él mismo y con los demás; pero no todos saben explotar, tener ese momento irracional de contarlo todo o hacer lo que siempre soñaron y no se atrevieron y lo lamentan; vivimos demasiado aislados, expresándonos a través de e-mails y sms en vez de hablando. Y no es lo mismo
.
Joyce, antigua actriz de teatro y televisión durante casi 20 años, sabe que persona, en griego, significa máscara. Sí somos máscaras y las costumbres, también: decimos y hacemos cosas que ya sabemos que hace tiempo que no son verdad y seguimos usándolas; demasiado
.
Casi sin excepción, los personajes de Joyce lamentan algo de su pasado inmediato, que arrastran incapaces de sacudirse de encima, sin ni siquiera intentarlo, excepto el propio Harold o su progenitora, que lo abandona de pequeño. El tema parece que flotará de nuevo en la segunda novela que ahora ultima, Perfect: una madre que acompaña a su hijo a la escuela atropella a un peatón, pero decide no parar e inicia una huida sinsentido. Sí, no había caído en ello: son obras diferentes pero sí aparecen de nuevo el tema del arrepentimiento y la expiación
, confiesa. ¿Influencia religiosa? No crecí con una educación religiosa marcada; incluso la noche antes de la Confirmación le dije a mi madre que no podía hacerla porque era incapaz de creer. De mayor he buscado aún conexiones que fueran más allá de lo material. Cerca de aquí hay un convento con monjas: suelo ir a verlas, me conmueve lo buena gente que son; también me cimbrean las iglesias, aunque no he seguido yendo a misa; me gusta sentarme en ellas pero también en los campos de por aquí… O los jardines concebidos hace un siglo y que han crecido y sus creadores no han podido ver; o escuchar a grandes grupos cantando… Todo ello me parece que expresa la conexión entre la gente y ésta con el mundo, me hace llorar
.
Joyce mira el silencioso campo verde frente a su salón mientras se cruza a menudo la chaquetilla y mantiene las mangas subidas hasta los nudillos, como si se arropara. Hay un punto de tranquilidad casi mística en esa granja con patos, gallinas, perros y caballos pero que fue antiquísimo pub y después convento; un ambiente que refuerza su suave hilo de voz, con el que apenas recrimina a uno de los perros. Este es el que acompaña a Fry en su peregrinaje: está enfermo de cáncer, morirá; le agradecerá si le hace compañía
, casi suplica.
Los personajes de Joyce tienen fe pero ésta no parece emanar de religión alguna. Quizá es su caso, también. Mi interés estaba en averiguar cómo tener fe y cómo es esta fe si no perteneces a religión o iglesia alguna
. En buena parte de la novela, Harold cree que con su peregrinaje su amiga se salvará del cáncer… Concepto peligroso a caballo entre la autoayuda y los supuestos poderes de la mente hoy tan en boga. En la obra queda claro que eso no es posible pero algunas veces necesitamos pensar y creer en cosas que van más allá de nosotros, por encima de iglesias y religiones… Fry no puede frenar el cáncer de su amiga pero al hacer el camino por ella consigue mucho más de lo que nunca hubiera creído que podría hacer; ella le da a él y él a ella
.
Hay ahí un jirón autobiográfico: antes que novela, Joyce inventó esta historia en 2006 para un guion de radio para la BBC, donde ha trabajado 16 años. Cuando lo escribí sabía que a mi padre apenas le quedaban semanas de vida; no quería perderle; me pareció que era una manera de retenerle
. Hay rastros de su padre en Harold, ambos colindantes con la generación Saga, la que creció marcada por la reciente Segunda Guerra Mundial y con unos valores muy británicos: cortesía extrema, austeridad, modestia hasta casi la timidez… No son valores que se hayan perdido del todo, no es tanto un homenaje a eso como a la gente sencilla que utiliza un lenguaje sencillo pero que aborda con clarividencia grandes temas
.
Por Carles Geli (El País)
Etiquetas: Brownshill, El insólito peregrinaje de Harold Fry, Gloucestershire, La Magrana, Rachel Joyce, Salamandra

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