24/09/2012
Un mueble imaginado, heredado de un joven poeta chileno desaparecido, es el eje de "La gran casa", la nueva novela de la escritora estadounidense Nicole Krauss, finalista del National Book Award y aclamada por los lectores y la crítica. Desde Nueva York, Londres e Israel, cuatro voces construyen una trama sobre la pérdida, la extrañeza y la nostalgia
Privilegiada es un adjetivo que a menudo le aplican a Nicole Krauss (Nueva York, 1974) en los círculos literarios neoyorquinos. Efectivamente procede de una acaudalada familia y creció en los suburbios de Long Island, en una casa considerada una joya arquitectónica, pero este comentario no resulta del todo pertinente en una ciudad donde se concentra un considerable número de millonarias fortunas. Quizá el término aluda a una veta de recelo o soslayada envidia, ese feo vicio contra el que no está vacunada ni la comunidad literaria, ni la ciudad de Nueva York.
Krauss se formó en las aulas de Stanford y Oxford. A los 27 años publicó su primera novela con una excelente acogida crítica y notable éxito comercial, y con su segunda, La historia del amor, quedó consagrada como una de las voces más dotadas y respetadas de su generación. Si en Llega un hombre y dice, su primera obra de ficción, se adentró en la incertidumbre que rodea la pérdida de memoria, en su siguiente libro hiló una trama en la que se cruzaban las vidas de una adolescente y un anciano exiliado, un manuscrito perdido y un romance truncado por la guerra y el exilio. Ha vendido cientos de miles de ejemplares, cuenta con una legión de admiradores, está traducida a más de treinta idiomas y con su tercer libro, La gran casa (Salamandra y La Magrana), que ahora llega a España, quedó finalista en el prestigioso National Book Award.
Puede que sea su timidez, su elegante belleza o un aura de misterio y discreción que rodea su vida privada lo que subyace tras ese recelo. Casada con el novelista Jonathan Safran Foer, es madre de dos niños. La pareja representa el relevo generacional del lado más glamuroso del Brooklyn literario desde que se instalaron en una espectacular casa en las proximidades de Prospect Park, o al menos así es como a la prensa le gusta referirse a la vivienda y al matrimonio. La gigantesca mesa empotrada en la que Krauss trabaja y que heredó del antiguo propietario está extrañamente relacionada con la génesis de La gran casa: hizo un cuento sobre un inmenso escritorio con 19 cajones que una novelista recibe en préstamo de un joven poeta chileno.
Ese mueble imaginado pasó a convertirse en el eje sobre el que gira su nueva novela, la peonza en torno a la que se arremolinan las cuatro voces que construyen La gran casa desde Nueva York, Londres e Israel. Nadia, una escritora de mediana edad, desgrana los pormenores de cómo encontró en su oficio un refugio para escapar de la vida; Arthur, un don de Oxford, intenta reconciliarse con el enigma que durante décadas ha rodeado a su esposa, Lotte, una escritora alemana judía; Aaron, un anciano israelí, habla con desgarro de la distancia que siempre ha sentido hacia su hijo, y una muchacha americana describe su encuentro y enamoramiento con el hijo del temido anticuario Weisz. En torno a estos monólogos sobrevuela un sentimiento de pérdida, de extrañeza y de nostalgia, se habla de una novela nunca terminada sobre un tiburón que absorbe las pesadillas de aquellos que están conectados a él por medio de tubos y cables; de la historia de la destrucción del segundo templo de Israel y de la diáspora; y, también, del perpetuo ansia de reconstrucción de un espacio arrebatado, en busca de un tiempo ya perdido.
Krauss y su esposo guardan con celo su intimidad y la cita para la entrevista tiene lugar en un café. La escritora viste un sencillo traje blanco de algodón con tirantes, sandalias planas y unos discretos pendientes largos de los que cuelga un adorno pequeño de coral. Se expresa con determinación en un tono de voz dulce, y cuando se azora contesta con una pregunta y una sonrisa, como para tomar aire antes de lanzarse a responder.
PREGUNTA. Nadia, una de las voces protagonistas de su novela, habla con nostalgia de un tiempo en el que su ambición como escritora estaba intacta. ¿Cómo ha cambiado la suya en esta década?
RESPUESTA. Al principio solo anhelaba una oportunidad para dedicar mi vida a escribir. Tras publicar mi primera novela empecé a pensar qué libro era el que solo yo podía hacer. A la altura de La historia del amor esto se convirtió en la verdadera búsqueda. Ahora tengo sentimientos distintos, me importa cada vez menos la recepción que tendrá el trabajo, el mundo fuera de mi escritorio y de mi ordenador.
R. Cuando publiqué mi primer libro me sentía atrapada por la pregunta sobre cuántos lectores justifican lo que de otra manera podría parecer autocomplaciente. Porque si escribes y no mucha gente te lee, quizá deberías hacer otra cosa que fuese más útil para el mundo. Esto es algo de lo que habla Nadia y que traté con Leo en mi anterior libro, un personaje que decía literalmente que escribía para sí mismo. La escritura te permite ser querido como no ocurre en la vida real, porque muestras en la página algo que no puedes enseñar en ningún otro espacio de la vida. Con el tiempo, no piensas en los demás, sino en ti misma, en qué debes hacer para sentir que no estás perdiendo el tiempo.
P. ¿Es entonces cuando arranca una conversación con otros autores? En La gran casa, parece que Roberto Bolaño es uno de los convocados.
R. No tengo una conversación con alguien en particular. Pero sí siento un afecto por determinados libros o autores, y la manera en que me han afectado aparece en mi trabajo. Les celebro. Cada vez que escribo pretendo defender la literatura.
Krauss pasa a hablar de su primer encuentro con Nocturno de Chile, de Bolaño, en 2003, de cómo quedó fascinada y no dejaba de recomendar su lectura a todo aquel con quien se cruzaba. La popularidad de la que goza hoy el novelista chileno entre el público estadounidense siente que le ha robado algo de intimidad —su nombre ya no es un secreto—, pero como escritora este es el tipo de encuentros que ansía tener. En la juventud ocurren con más frecuencia
, reflexiona, luego pasa menos, pero sigues necesitando esa apertura, pensar que es posible hacer cosas de una manera totalmente distinta. Un sonido, una música o un ritmo que nunca antes habías oído, circula en tu cabeza y te lleva a algún sitio. Es un poco de viento que te empuja en una dirección y luego haces descubrimientos que son tuyos
.
Los escritores y la escritura son un tema recurrente en la obra de Krauss —mi idea es más de ratón de biblioteca que la que ofrece Bolaño con esos escritores rebeldes, marginales y súper cool
— y sin duda es un asunto sobre el que medita también fuera de la página. Puntúa su conversación con comentarios sobre Philip Roth, cuya manera de escribir sobre su padre la fascina, o Sebald, de quien admira su distancia narrativa. Al hablar del dilema que supuso la introducción de un artículo en el título de su novela hace una broma, eso no es en absoluto, eso no es lo que yo quería decir en absoluto, citando el verso de T.S. Elliot.
Por Andrea Aguilar (El País)
Etiquetas: Brooklyn, Jonathan Safran Foer, La gran casa, National Book Award, Nicole Krauss, Philip Roth, T.S. Elliot

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