17/09/2012
Sólo un puñado de autores leoneses han conseguido vivir de la literatura sin necesidad de otro empleo. En León sólo unos pocos escritores privilegiados han logrado hacer de la literatura su oficio. El resto, incluidos los académicos Luis Mateo y Merino, han tenido otros empleos paralelos.
Más difícil que escribir libros resulta vivir de ellos. Sólo un puñado de afortunados consigue hacer de la literatura su oficio principial. La nómina de ‘trabajadores’ de la literatura, que en España la encabezan los superventas de la talla de Javier Pérez-Reverte, Eduardo Mendoza, Ruiz Zafón, Julia Navarro o Matilde Asensi, en León no coincide con el perfil del escritor de bestsellers. Muy al contrario. El premio Cervantes Antonio Gamoneda sólo pudo dedicarse plenamente a la poesía tras la jubilación, al igual que los académicos de la Lengua José María Merino y Luis Mateo Diez.
Andrés Trapiello, Julio Llamazares, Juan Carlos Mestre y Antonio Colinas son de los pocos que han conseguido vivir de lo que escriben, aunque su territorio se amplíe al periodismo –en el caso de los dos primeros- y a la traducción, en lo referente al poeta bañezano. El desaparecido Victoriano Crémer, que en su juventud desempeñó los más variados empleos, al igual que Gamoneda, también fue uno de los pocos que pudo ganarse el pan con las letras. Prácticamente el resto de la larga lista de autores leoneses tiene otro trabajo. Para casi todos, escribir ha sido un ‘segundo empleo’.
Josefina Rodríguez Aldecoa, perteneciente a una saga de maestros, toda su vida tuvo que simultanear la enseñanza en la escuela que dirigía en Madrid con la escritura. El astorgano Alejandro M. Gallo, uno de los autores de novela negra de mayor éxito en España, es jefe de la Policía Local de Gijón. Hasta el mismísimo Juan Benet, leonés de corazón, fue un insigne ingeniero que ‘inundó’ el pueblo de Julio Llamazares con la construcción del pantano de Vegamián.
Secundino Serrano, uno de los escritores más comprometidos con la causa de los maquis y los olvidados de la Guerra Civil, ejerce como profesor de Historia en un Instituto de la capital.
Luis Artigue, narrador y joven promesa de la poesía leonesa, acude por las mañanas a su trabajo en la Biblioteca Municipal de San Andrés del Rabanedo, caso parecido al de Rafael Saravia y Miguel Paz.
También Luis Mateo Díez, creador de ese territorio mágico que es Celama, recibió un cálido homenaje en 2007 del entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, y de los compañeros del Ayuntamiento de Madrid, cuando se jubiló tras haber pasado toda su vida laboral en el departamento jurídico de esta institución. José María Merino, funcionario de carrera, fue director del Centro de las Letras del Ministerio de Cultura, por lo que durante décadas se vio obligado a restarle horas al sueño para fabular historias tan fascinantes como las del Reino Secreto o La orilla oscura. Juan Pedro Aparicio, que con Merino y Luis Mateo forman un trío inseparable que ha logrado ‘internacionalizar’ los filandones leoneses por medio mundo, licenciado como ellos en Derecho, ocupó en los últimos años la dirección del Instituto Cervantes en Londres y fue el coordinador de los actos del León Real, en los que se conmemoró el 1.100 aniversario del Reino de León.
En este panorama de escritores pluriempleados, Andrés Trapiello resulta una rara avis. Autor de 17 tomos de su colección de diarios Salón de pasos perdidos, está a punto de publicar la que él considera su gran novela, la que ha fraguado durante toda su vida, una historia sobre la Guerra Civil, sobre la confrontación de dos generaciones, sobre la culpa y, ante todo, sobre León, titulada Ayer no más, que llegará a las librerías el 3 de octubre A Trapiello la emancipó le llegó de manera forzosa. Su padre le echó de casa cuando le encontró cinco números del Mundo Obrero. Estudió Filosofía y Letras en Valladolid, donde trabajó en varios periódicos y revistas. En 1975 se traslada a Madrid para trabajar en una revista de arte. Dos años después consigue un empleo en el programa de televisión Encuentros con las letras, que sería su último trabajo estable. A partir de entonces ha conseguido vivir de la literatura y el periodismo.
A los doce años a Julio Llamazares le impactaron las luces de la gran ciudad a la que llegaba con ganas de comerse el mundo. Muchos sueños no se cumplieron, pero persiste la ilusión por la vida y por la literatura. El autor de Luna de lobos, curiosamente, ha confesado que aunque parezca mentira, no soy un escritor profesional. Dedico toda mi vida a escribir, pero no me la planteo como un trabajo en el que detrás de una novela tiene que ir otra. Voy escribiendo según la necesidad que tenga de hacerlo. No pienso que la novela sea el único género, aunque sea el que más vende
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El bañezano Antonio Colinas, afincado desde hace años en Salamanca y anteriormente en Ibiza, ha dedicado toda su vida a la poesía, la narrativa y la traducción, fundamentalmente de poetas italianos. Colinas, que estudió Historia, es además un asiduo colaborador en periódicos como El País, El Mundo y ABC. Un poeta de una sensibilidad extrema que, pese al escaso tirón que tiene la poesía en este país, ha conseguido vivir de su escritura.
Por Verónica Viñas (Diario de León.es)
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