04/09/2012
Artículo exclusivo para Tregolam.
Normalmente, cuando un texto le llega a un corrector es porque ya se ha decidido que se va a publicar. Por eso, las sugerencias que yo que pueda dar no son para emprender la tarea, sino para trabajar el texto una vez que ya esté escrito. Por decirlo de otra manera, primero tiene que trabajar el artista, el que de la nada construye la obra guiado por su ingenio. Luego le toca el turno al artesano, quien tiene que colocar cada pieza en su sitio siguiendo unas reglas (aquí no vale el instinto ni la improvisación), para que la obra sea consistente.
Aunque el fondo es fundamental en cualquier escrito, también lo es la forma, algo que en ocasiones se olvida. He leído novelas que me han gustado aunque, tras finalizarlas, me haya dado cuenta de que el argumento era de lo más banal. Y es que un texto bueno tiene que parecer sencillo, espontáneo, se tiene que poder leer sin esfuerzo. En definitiva, no tiene que dejar ver la complejidad del proceso utilizado para crearlo.
Pero una cosa es que el texto parezca espontáneo y otra que lo sea. Cualquier escrito debería llevar un trabajo de corrección meticuloso y atento para poder darle un sello de garantía. Cuando quien publica es una editorial, lo habitual es que se recurra a un corrector profesional para esta labor. Una vez propuestos los cambios, el texto debe pasar de nuevo al autor para que los confirme o los rechace. En el caso de que sea el propio autor quien vaya a publicar su libro, es muy importante que no descuide el paso de la corrección.
Es absolutamente necesario que, una vez terminado el texto, se hagan varias lecturas, incluso en voz alta, para poder detectar errores, erratas y todo lo que se considere que puede mejorarse. También es muy conveniente dárselo a leer a otra persona para que detecte todo aquello que se le haya pasado al autor. Lo ideal es que sea un corrector profesional, pero si no es posible, lo apropiado acudir a alguien que tenga un buen dominio de la lengua.
Para un escritor que empieza, en ocasiones es muy tentadora la idea de innovar en la forma, pero hay que tener en cuenta que para poder saltarse las reglas hay que conocerlas a fondo. Hay que ser Saramago para poder saltarse las reglas de puntuación o Rulfo para mezclar con éxito diversos planos temporales: no te arriesgues si no estás a la altura.
Tampoco es aconsejable seguir las modas literarias, hay que tener en cuenta que el tiempo que transcurre entre que se empieza un libro y se publica es muy largo (mucho más si no se tiene editor), y cuando el texto sea publicado, probablemente el autor se encuentre con que no era lo que quería haber escrito.
Quizá una de las normas más importantes para empezar a escribir sea la de la simplicidad y la economía del lenguaje. Cuantas más palabras se utilicen para expresar una idea, más fácil es que el lector (o el autor) se pierda. Un ejemplo claro es el del «archisilabismo»: ese uso abusivo de palabras largas que se piensa que dan más empaque al texto. Escribir «utilización» por «uso» o «intencionalidad» por «intención» no es incorrecto, pero un texto cargado de palabras muy largas se puede hacer pesado, oscuro y muchas veces da una impresión de falta de ideas. Lo mismo ocurre con las perífrasis, ¿por qué escribir «debemos poner de manifiesto que x tuvo una duración de seis meses» cuando con «debemos manifestar que x duró seis meses» podemos decir lo mismo de manera más sencilla?
También es conveniente prestar atención al uso de los tiempos verbales. Cada uno da un matiz, y aunque el lector no lo perciba conscientemente, un texto que utiliza el mismo tiempo verbal para indicar distintos momentos es muy probable que se termine haciendo muy confuso. Otro tanto ocurre con las formas impersonales de los verbos, y sobre todo con los gerundios. Estos se han convertido en una especie de comodín que sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Un verbo en gerundio indica simultaneidad o anterioridad a la acción principal. En tales casos, lo mejor unir los hechos con simples comas o conjunciones. Así, no es posible que «él hiciera el examen suspendiéndolo y siendo castigado por sus padres» (él hizo el examen, lo suspendió y fue castigado por sus padres). También puede funcionar como adverbio, es decir, que no puede usarse para caracterizar a un nombre: no es posible que «el chico vistiendo de rojo está copiando en el examen» (el chico que viste de rojo está copiando en el examen).
Los incisos muy largos dentro del texto también pueden dificultar la lectura, haciendo que se tenga que volver atrás. Convendría recordar que un inciso no debería exceder las quince palabras, que parece que es el promedio de memoria a corto plazo. Asimismo, se deben colocar los incisos en los lugares donde menos rompan la estructura lógica de la frase, sin separar los elementos relacionados (tiempos verbales compuestos, el adjetivo del nombre al que califica...).
Como se ha mencionado antes, el proceso de corrección y pulido del texto se hace al final, con un cierto distanciamiento del texto y ateniéndose a las reglas que rigen el idioma. Lo normal es que surjan muchas dudas, desde el uso correcto de una preposición hasta la conjugación de un verbo o el significado de una palabra. En estos casos es imprescindible recurrir a fuentes fiables como La Real Academia Española (RAE) o la Fundación del Español Urgente (Fundéu), instituciones que han puesto a nuestra disposición algunos recursos en línea muy útiles:
http://lema.rae.es/drae/ (Diccionario de la lengua española)
http://lema.rae.es/dpd/ (Diccionario panhispánico de dudas)
http://www.fundeu.es/ (Fundéu-BBVA)
Y por supuesto, nunca están de más cualquier otro tipo de diccionarios o manuales de ortografía o estilo a los que poder recurrir en caso de duda.
En todo caso, el autor se debe poner un límite al proceso de corrección, ya que lo normal es que encuentre siempre algo mejorable. Una opción es la que proponía Borges: publicar para dejar de corregir
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Licenciada en Filosofía y Letras, especialidad de Antropología, por la Universidad Autónoma de Madrid, su pasión por los libros la llevó a realizar varios cursos por el placer de aprender: redacción, corrección, maquetación, edición…, y en ese proceso descubrió la profesión a la que quería dedicarse: la corrección de textos.
Ha trabajado con más de una docena de editoriales españolas, haciendo numerosas correcciones ortotipográficas, de estilo, de maqueta o revisiones de traducciones. Actualmente colabora de forma habitual con editoriales como Alberdania, Obelisco Ediciones o Ediciones La Librería. También imparte un curso de corrección de textos en Apographon.
Sara es, además, colaboradora de Tregolam, donde ofrece sus servicios de correctora ortotipográfica y de estilo.
Para contactar con Sara por posibles consultas puntuales: [email protected]
Etiquetas: consejos para escritores, correctora de textos, Sara Moreno Yunta

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