19/08/2012
La relación entre el autor y quien publica su obra se ha convertido en un género literario propio.
La correspondencia que durante cerca de treinta años (desde 1961 a 1988) mantuvieron el editor alemán Sigfried Unseld (Suhrkampf) y el escritor austriaco Thomas Bernhard (el autor de Trastorno) contiene un resumen atosigante del infierno en que se puede convertir la parte de atrás de los libros, lo que no se ve de los autores, lo que no se conoce de los editores. La propia editorial Surkampf, años después de la muerte de editor y autor (Unseld murió en octubre de 2002, Bernhard falleció en febrero de 1989), decidió publicar esas cartas (y telegramas, el último es de Unseld: “No puedo más”) junto con notas del propio editor en las que en algún momento resume su impresión de Bernhard: es “un chantajista”.
¿Son así autores y editores? La relación Unseld-Bernhard es extrema en todos los órdenes. Miguel Sáenz, traductor de Berhnard al español (y de Günter Grass y de grandes autores anglosajones), y traductor también de esta crucial correspondencia que ha publicado Cómplices Editorial en España, concede que Berhnard “era extraordinariamente irritable”, tenía enfrente a un editor “paciente y muy inteligente” y mantuvo ese pulso (primero por dinero anticipado; después por sus reacciones extemporáneas ante hechos en los que participó; posteriormente, por los títulos de sus libros, por ejemplo) por su carácter “difícil, muy complejo”. Unseld llegó a conocerlo muy bien, lo admiraba y creía, desde antes de que Berhnard cumpliera los cuarenta años, que ese autor que tanta migraña le causaba estaba entre los escritores más importantes de lengua alemana del siglo XX.
Creía tanto Unseld en Bernhard que le soportó todo. Hasta que el 24 de noviembre de 1988 le escribió este telegrama: “Para mí no solo se ha alcanzado un límite doloroso sino que se ha traspasado, después de todo lo que, durante decenios y especialmente en los últimos años, hemos tenido en común. Me repudia, repudia a mis colaboradores que se han dedicado a usted y repudia a la editorial. No puedo más”. Un día después, el autor le escribe a su editor: “Si, como dice su telegrama, no puede más, bórreme de su editorial y de su memoria. Sin duda he sido uno de los autores menos complicados que ha tenido nunca”. Se encontraron luego, el 28 de enero de 1989; Bernhard estaba muy enfermo. Murió poco después. Y Unseld escribió: “La vida de ese hombre encantador fue un caminar por la cuerda floja, aspiraba a lo total y lo perfecto, sabiendo que lo total y lo perfecto no pueden alcanzarse”.
Bernhard aplicó el amor-odio a todas las cosas, y en función de ello desesperó tanto a Unseld que éste, en efecto, ya no pudo más. ¿Es un caso extremo? Probablemente. ¿Y por qué aguantó Unseld casi tres décadas de presión y de desplantes? “Porque era un editor muy inteligente”, dice Miguel Sáenz. “Tuvo la habilidad de descubrir en él a un gran autor. Bernhard no hubiera llegado a ser lo que fue sin Unseld, y éste hizo el oficio, la forma de actuar de un editor inteligente”.
Unseld le hacía sugerencias (sobre sus títulos, sobre sus actitudes, sobre su vida personal, pues le pedía préstamos para comprarse casas) y Bernhard se las rechazaba sistemáticamente, a veces con muy malos modos.
Mario Muchnik, veteranísimo editor que ha dirigido varias editoriales, algunas suyas y con su nombre, lleva más de medio siglo en el oficio y probablemente hubiera actuado como Unseld. Lo ha hecho. Él cree, y lo ha dejado por escrito, que “lo peor no son los autores”. Pero la relación editor-autor es muy complicada, dice Muchnik. “Un día le dije a Carmen Balcells, la agente, que yo era amigo de todos mis autores. Ella me dijo que eso es mentira, nadie es amigo de todos sus autores. Es más, hay intereses, no amistades. Posiblemente ella tiene razón: no se puede ser amigo de todos los autores, o al menos no se puede ser amigo de la misma manera. Tuve diferencias con un autor francés que no tenía ni idea de español, y que quiso intervenir en la traducción. Rompimos. No rompí con Kenizé Mourad, la autora de De parte de la princesa muerta, porque la discusión era simpática. ¡Ella se empeñaba en poner pues por todas partes! ¡Pero dónde demonios quiere que ponga pues, Kenizé, decíme!”.
Es posible la amistad con el autor, dice Muchnik, “pero hay que quererla”. ¿Y cómo se quiere? “Tolerando”. Lo que hizo Unseld. “El editor tiene que ser lo más tolerante posible con los extremismos tópicos de los autores. El editor no siempre tiene la razón, pero actúa como si él fuera dueño de la verdad. En el medio está la virtud: el autor también tiene alguna verdad, y el editor ha de estar dispuesto a entender”.
Una relación difícil incluye la palabra no. “Una negativa es también una respuesta”, suele decir el editor norteamericano Peter Mayer. “Y yo estoy de acuerdo con ese colega. Decir no es también una respuesta ante un manuscrito que no te satisface. Yo no soy partidario de enviar cartas diciendo que la obra es genial pero que no hay sitio. Primero, porque suele ser mentira. Es mejor decir que no me interesa a aguardar a que el asunto se pudra en el cajón y agote la paciencia del editor y del autor”...
Por Juan Cruz (elpais.com)
Etiquetas: Cómplices Editorial, editor, editorial, Mario Muchnik, publicar libros, Sigfried Unseld, Thomas Bernhard

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