16/08/2012
Las herencias de escritores derivan en ocasiones en disputas judiciales a la altura de un ‘thriller’. El reparto de las fortunas de Cela y Larsson sigue en cuestión.
Las herencias dan grandes tramas literarias, pero los escritores suelen ser pésimos redactores de testamento. A menudo es su peor novela. O no, o tal vez sea la más perfecta, si pensamos que es la única ocasión en que de verdad los personajes cobran vida propia y forjan capítulos durante años. Si el autor no la deja escrita puede desatarse una batalla a la altura de sus tramas: caso Stieg Larsson. En otras lo que establece con letra clara ante notario contraría a personas con expectativas: caso Mario Benedetti.
Y luego está Cela: caso aparte. El escritor urdió una trama societaria y operaciones ficticias para marginar a su único hijo, Camilo José Cela Conde, de su sabrosa herencia. El Nobel gallego no dejó cabos sueltos. El 17 de julio de 1991 otorgó testamento en Padrón donde declaró heredera a su segunda esposa, Marina Castaño, y despachó sin nada a su hijo, al que daba “por totalmente pagado de todos sus derechos en la herencia de testador” con la donación de un miró de peripecia rocambolesca conocido como El cuadro rasgado (vendido por el hijo en 120.000 euros en 1995).
Las diferencias entre los dos Cela no eran menores, según describe la sentencia del caso. Con el tiempo cayeron en esa espiral ascendente que tan bien retrató la película La guerra de los Rose a propósito de las peleas conyugales. En 1994, el hijo intentó revocar la donación a la Fundación Camilo José Cela del manuscrito original de La familia de Pascual Duarte. Un año después, el padre hizo lo propio para tratar de dar marcha atrás con la donación del miró en los juzgados. “Habida cuenta tales desavenencias y con la finalidad de perjudicar los derechos legitimarios de su único hijo, Camilo José Cela y Marina Castaño formalizaron una serie de negocios jurídicos”, según la sentencia.
A partir de 1996, el autor de La colmena cedió todos los derechos de explotación sobre sus obras y su nombre a dos sociedades, de forma que cuando falleció, el 17 de enero de 2002, no poseía bienes ni derechos de ningún tipo. Era pobre de pedir. En todas las maniobras mercantiles había dos objetivos: eludir el pago de la pensión de 4.808 euros mensuales a su primera esposa, Rosario Conde, y apartar a su hijo de sus bienes.
Lo que trató de atar el novelista lo han desatado ahora los jueces, que no han dudado en reescribir otro final (provisional, de momento) a la historia. Primero, el Juzgado de Primera Instancia número 40 de Madrid en 2010. Después, la Audiencia de Madrid en mayo pasado. Ambos dan la razón a Camilo José Cela Conde en sus reclamaciones, al declarar “la nulidad de determinados contratos por constituir donaciones encubiertas” y “la inoficiosidad de las aportaciones a la Fundación Camilo José Cela” (se entregaron bienes por valor de 3,7 millones de euros que los jueces consideraron lesivos para los intereses del hijo).
Según las sentencias, los derechos “legitimarios” de Cela Conde ascienden a 5,2 millones de euros (1,1 deberán aportarse por la Fundación y el resto por Marina Castaño) para sumar la parte legítima de la herencia que le corresponde (dos terceras partes), a la que habrá que añadir un porcentaje de los derechos de autor de Cela, valorados durante el procedimiento judicial en 3,9 millones de euros. La versión final, no obstante, será escrita por el Tribunal Supremo, ante el que Marina Castaño y la Fundación Camilo José Cela han presentado un recurso de casación. Por su parte, Miquel Capellà, abogado de Cela Conde, ha solicitado la ejecución provisional de la sentencia.
En realidad, excluido el morbo, la trifulca hereditaria de los Cela es una de tantas. “El hecho de que los litigios hereditarios tengan que ver con escritores no cambia en absoluto el trasfondo jurídico. La única variante a considerar es la determinación del contenido económico de los derechos de autor que también forman parte del caudal hereditario”, explica Capellà.
Pero sí hay algunas singularidades en el ambiente literario que contribuyen a que la desaparición del autor desencadene un conflicto. “El escritor se caracteriza por su distancia con las cosas prácticas y concretas, por lo cual siempre posterga el ‘ordenar sus papeles’, y muchas veces la muerte —tan impredecible— llega antes de ese momento. No necesariamente los herederos tienen un compromiso literario con la herencia que reciben, y hacen lo que pueden o lo que les ofrece mayores ingresos (en el corto plazo)”, apunta por correo electrónico Guillermo Schavelzon, cuya agencia literaria representa a numerosos autores latinoamericanos como Andrés Neuman, Iván Thays, Gioconda Belli, Marcela Serrano o Ricardo Piglia.
Stieg Larsson, el protagonista del fenómeno literario de más impacto mundial de los últimos tiempos (con permiso de J. K. Rowling), cumplió con esa apreciada regla de oro de los creadores: desdén hacia el futuro y despreocupación por lo mundano. Larsson murió de un infarto en noviembre de 2004, ocho meses antes de que la primera entrega de Millennium se convirtiera en un boom editorial sin precedentes. Murió con las estrecheces económicas con las que vivió. Y sin testamento. Sus herederos legales fueron su padre Erland y su hermano Joakim, que han recibido los colosales beneficios de las ventas de la trilogía protagonizada por Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. Eva Gabrielsson, su pareja durante 32 años, se quedó al margen de la herencia porque su país no otorga derechos fuera del matrimonio (si no hay testamento).
Por Tereixa Constenla (elpais.com)
Etiquetas: Camilo José Cela, escritores, Mario Benedetti, Stieg Larsson, testamento

, escribe aquí tu comentario