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Querido Jack Kerouac; querido Allen Ginsberg - Estados Unidos

06/07/2012

El intercambio epistolar entre Kerouac y Ginsberg, publicado por la editorial Anagrama, revela la dimensión humana de los dos 'beatniks' más célebres.

La generación beat se forjó con un crimen. Antes se coció a fuego lento en instituciones psiquiátricas: Kerouac, Ginsberg y Burroughs -sus miembros más celebrados- pasaron pronto por el loquero, aunque esto no era un signo de distinción en los Estados Unidos de la época, donde los manicomios eran tan frecuentados como Times Square a la busca de chaperos. Los tres se conocieron gracias a Lucien Carr. Sin él habría habido beatniks, sin duda, pero no de la manera en que hemos sabido de ellos.

Carr era una suerte de Rimbaud, lírico y violento, transmudado al campus de la Universidad de Columbia, un tipo que en Chicago ya había metido la cabeza en el horno y abierto el gas porque se trataba de "una obra de arte", un joven de 19 años fascinado por lo literario, capaz de citar en una misma carta a Spinoza, Tolstoi, Hardy y Eliot. Era arrogante y guapo. Y un hombre mayor, David Kammerer, se había encoñado con él desde sus tiempos de monitor de boys scouts. A partir de ahí, lo persiguió a todas partes. Era su obsesión. La madre de Carr lo alejaba más y más, pero el terco explorador jamás le perdió la pista. Kammerer era todo lo contrario a su ángel: más feo que Picio. La madrugada del 14 de agosto de 1944 hizo una "proposición ofensiva" (New York Times) a Carr, que se negó, y pelearon, hasta que Carr tiró de su antigua navaja de boy scout -esos campamentos…- y se cargó al bujarra. Después lo ató de pies y manos, le llenó los bolsillos con piedras y lo tiró al río Hudson. Después buscó a Burroughs. Después buscó a Kerouac, con quien se tomó unas cervezas y fue al cine a ver Las cuatro plumas. De Ginsberg no echó mano aquella noche. Días después, acompañado de su madre, Carr confesó y fue detenido, y arrastró a Kerouac, que fue encarcelado como encubridor y testigo. El Hudson terminó vomitando a Kammerer. Tampoco lo quería.

El intercambio epistolar entre Ginsberg y Kerouac empieza ahí, con el futuro autor de En el camino en la trena, al que escribe el futuro autor de Aullido mientras hace compañía a Edie Parker, la novia de su amigo encarcelado...

Por Manuel Barea (diariodesevilla.es)

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Etiquetas: Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Cartas. Jack Kerouac & Allen Ginsberg, Anagrama, beat, En el camino, Aullido

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