29/05/2012
Mohicanos y bárbaros en el gueto.
Cuenta Jenofonte que un día Sócrates al darse cuenta de que Lamprocles (su hijo mayor, tenía tres) estaba enfadado con su madre, le preguntó: “Dime, hijo, ¿sabes que a ciertos hombres se les llama ingratos”. “Lo sé muy bien”, respondió el joven. “¿Y estás enterado de qué es lo que hacen para recibir ese nombre?” “Claro que lo estoy”, dijo; “se les llama ingratos a quienes han recibido un favor y, cuando pueden devolver la gratitud, no la devuelven”. “¿No te parece pues que los ingratos se catalogan entre los injustos?”. “Sí que me lo parece”. Ingrato e injusto me parece el comentario que, en estas mismas páginas hace varios días, le dedicó Jorge Volpi al libro de Mario Vargas Llosa La civilización del espectáculo. En realidad “uno de los principales escritores latinoamericanos de las nuevas generaciones” (así lo califica Vargas Llosa en el volumen) ataca más a la persona del autor que a su obra. Califica al escritor no sólo como último mohicano (todavía quedamos muchos) sino también como héroe derrotado “en el ocaso de sus días”. Además, se felicita de que a intelectuales como él les haya llegado su fin.
Conozco a Volpi desde hace años y siempre pensé que, además de ser un buen escritor, era todo un caballero. Sin embargo, me sorprende ahora este desprecio que emana su artículo no sólo contra un libro y un autor, sino contra todo el universo que procede de Gutenberg. ¿Es justo desear la desaparición de tus maestros y el mundo que representan? ¿Alguien se puede alegrar de que todo un universo —más o menos justo, pero perfectamente organizado— deje paso a lo que él mismo denomina “bárbaros”?. En Fedro (una obra que la mayor parte de las veces se cita sin haberla leído en su origen) Platón hace pasear por el campo a este personaje (quizás él mismo) con el maestro Sócrates. Los dos amigos se sientan bajo la sombra de un árbol, junto a un arroyo, y mantienen una larga y compleja conversación sobre muy diversos asuntos. Llegado un momento, es Sócrates quien se refiere a la propiedad o impropiedad de la escritura. Y lo hace a través del diálogo entre el inventor dios egipcio Tot (creador del alfabeto) y uno de los reyes de Egipto, Thamos. Tot, como Fedro y Platón, está de parte del nuevo invento, la escritura; mientras Thamos, como Sócrates, duda. Estos dos últimos entienden lo inevitable de esta invención pero, siendo fieles a su mundo, hacen un canto de las virtudes que hasta entonces ayudaron a desarrollar la civilización.
Siendo ya Platón un escritor, en ningún momento arremete contra el orador Sócrates. Por el contrario, expresa y aclara su pensamiento, lo entiende, lo comparte y acoge como propio, pero no cede ante las bondades que está seguro se van a desprender de la nueva invención tecnológica. No sé si Vargas Llosa es Sócrates o Thamos, y Volpi Fedro, Tot o Platón. Seguramente el peruano está más cerca del viejo griego que el mexicano del joven. Volpi rechaza de plano todo lo que representa no el pensamiento de Vargas Llosa sino su mundo. Un mundo en el cual él mismo se ha formado. A veces lo lleva a cabo con la misma frivolidad de la que Vargas Llosa se queja en su libro y con argumentos populistas y demagógicos de muy poco peso intelectual, precisamente porque esto es lo que él mismo rechaza. El libro de Vargas Llosa no es una obra complaciente con su tiempo y su época, sino por el contrario muy crítico. Advierte de que muchos de los males de los que hoy nos quejamos los hemos creado nosotros mismos. Por otra parte, su canto nostálgico hacia este modo de entender la cultura nos ha producido muchos más bienes que males, mucha más belleza que destrucción, mucho más conocimiento que sombras. No se encierra en sí mismo sino deja abierto un futuro que si bien él lo ve como incierto y angustioso también, como Sócrates, lo percibe y considera inevitable. Evidentemente Vargas Llosa, a diferencia de Volpi, no juzga todo lo moderno y futuro como bueno, antielitista y democrático, y lo pasado y presente como malo, elitista y antidemocrático.
Sócrates entiende que el desarrollo de la escritura es inevitable, pero hace un canto al mundo del que procede. Evidentemente Vargas Llosa, a diferencia de Volpi, no juzga las nuevas tecnologías como la panacea universal. ¿Volpi acaso encontró el Grial? Que la cultura sea elitista no quiere decir que sea excluyente sino exigente. Exige preparación, dedicación, esfuerzo, saber, conocimiento, incluso dolor. ¿Es acaso excluyente el saber científico o el médico? ¿Alguien lo calificaría de elitista como se califica siempre a la cultura de la que estas disciplinas también forman parte ineludible? ¿Cuántas personas a lo largo de los siglos han estado dispuestas a sacrificarlo todo en aras del saber? Es cierto que, durante épocas, las circunstancias fueron menos favorables, pero cuando el viento sopló a favor, las velas de la nave de la cultura tuvieron siempre que ser ayudadas por los mismos galeotes. Volpi, como buen demagogo, conduce su estrategia hacia un campo de batalla vidrioso. Extender la democracia (un sistema político) al campo de la cultura y hacernos creer que cualquiera puede ser Vargas Llosa, Octavio Paz, Borges o él mismo. Afortunadamente, la cultura va en compañía de la democracia. La una y la otra se necesitan y se ayudan en su camino, pero aunque los fines pueden ser los mismos, mejorar las condiciones materiales de vida del ser humano así como su conducta, la cultura incluso va más allá pues atiende también al espíritu, ayudando a despejar muchas incógnitas sobre la existencia e, incluso, a crear otras nuevas e inéditas.
La cultura también, a través de los intelectuales, es, o fue, un contrapoder político a los sistemas autoritarios, así como un vigía crítico en los más igualitarios. La cultura ejerció siempre una influencia sobre la vida política. Aportó ideas, experiencias y valores. Hoy la cultura está siendo sustituida por la publicidad y las encuestas. Una publicidad vacía de contenidos y, la mayor parte de las veces, engañosa o mentirosa a la manera de la que hablaba de ella Jonathan Swift: “El arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin”. La democracia se basa en el respeto a las leyes y a los órganos que las representan, y en este sentido la cultura a la que se refiere Vargas Llosa también tenía leyes y órganos jurisdiccionales acatados por la gran mayoría. Volpi acusa a Vargas Llosa de aristócrata, elitista, liberal, capitalista, teócrata e incluso marxista, en resumen, antidemócrata. Ensalza la revolución de la “barbarie”, en la cual descubre una “oportunidad de definir nuevas relaciones de poder cultural”. La sola palabra “bárbaro” o “barbarie” que pronuncia varias veces, me produce escalofrías viniendo de la pluma de quien viene.
Por César Antonio Molina. (elpais.com)
Etiquetas: El último de los Mohicanos, Jorge Volpi, La civilización del espectáculo, Vargas Llosa, César Antonio Molina

, escribe aquí tu comentario