23/05/2012
Por Alfredo Molano y Santiago La Rotta (elespectador.com).
Daniel Chaparro y Érik Arellana son hijos de Julio Daniel Chaparro, periodista de este diario, y Nidia Érica Bautista, militante del M-19; él asesinado, ella, desaparecida.
Daniel Chaparro se internó en el archivo para encontrar a su padre, asesinado en una calle de Segovia, Antioquia. Su voz estaba deshilvanada, perdida entre líneas ya secas sobre papeles remotos. La memoria se hizo verso. Poesía para pelear contra los días, el olvido y la impunidad.
Érik Arellana encontró a su madre a través de un poema; ella, perdida en el hueco de los desaparecidos de una violencia eterna que brota como agua bajo el musgo. Palabras para contar un reencuentro, para sanar una ausencia.
Recordar para vivir. Recordar para seguir. No se trata de la búsqueda angustiante. No es una cacería del pasado. Es más un ejercicio de liberación, la catarsis por los cumpleaños que no fueron, todos los abrazos perdidos.
“Creo que un poco la experiencia de la memoria, de traer el pasado al presente, para nosotros es como un acto de necesidad. Lo hacemos, como hablamos con Daniel, para alejarnos de los procesos judiciales. Lo que queremos es hacer un homenaje a la vida y sacar estos casos del escenario del crimen”, dice Érik.
“Es un ejercicio para desjudicializar la memoria. Eso es clave. Uno se siente agobiado hablando en términos judiciales, en un lenguaje que muchas veces ni siquiera entiende. La posibilidad que nosotros encontramos es hablar de una persona o, como dice Érik, de la vida, no sólo del hecho trágico de la muerte. Para encontrar a mi papá me ha tocado ir al archivo y así buscar al poeta y al periodista. Esta labor me ha permitido llenar de sentido la figura frágil que tengo de quién era mi papá y su voz la he recogido más nítida a través de la poesía”, completa Daniel.
E.A.: “Hacer este libro era un compromiso personal. El primer poema que recuerdo haber escrito fue a mi madre cuando estaba en la clandestinidad. En este le pedía que regresara a casa y que estuviera conmigo. Ella vuelve y tres meses después, tiempo que le pedí para que se quedara a mi primera comunión, es cuando desaparece. El libro también funciona como una invitación para hacer esos tránsitos por la violencia, y por eso el título: contar lo que hemos presenciado, partiendo de lo personal, para dimensionar lo social. En últimas, estos poemas salen porque, en 27 años, nada ha cambiado”.
D.C.: “Para mí el proceso de acercarme a mi papá ha sido una necesidad para conocerlo. Básicamente eso. Cuando a él lo mataron yo era niño y los recuerdos que tengo son muy escasos. En mi familia se hablaba de él, por supuesto, y en las paredes de la casa había fotos de él, pero esta figura, construida de esa forma, no tenía un contenido. Durante mucho tiempo no tuve el coraje de acercarme a su trabajo, a sus apuestas. El lanzamiento del libro con sus poemas se realizó el 14 de abril, día en que se cumplirían 50 años del nacimiento de mi papá. La idea era celebrar el nacimiento y no seguir haciéndole homenajes a su muerte. Esto, creo, dice muy claro cuál es el sentido de la publicación”.
Cantar la ruina: “no, ya no hay país / no existe un solo pueblo que no lamente sus muertos (…) apenas si musitamos las respuestas: / la muerte es toda la palabra que tenemos / es esa dura pelambre que tememos hasta en sueños”.
E.A.: “Para mí el sentido de la poesía es que reúne unas cualidades que son únicas. Es pasión y placer. No tiene los límites que podría presentarme otro género. Habla de algo esencial en mí que es el compromiso con la vida; me mueve profundamente por la luz que representa por su infinidad”.
D.C.: “El año pasado se cumplieron 20 años del asesinato de mi papá, junto con Jorge Torres, quien era el reportero gráfico que lo acompañaba, y uno está en ese momento sintiéndose atropellado porque uno demanda, mucho más que castigo a los culpables, que se sepa la verdad de los hechos; 20 años en los que la justicia colombiana no hizo un carajo. Y sí, uno elabora un duelo. Pero hacer este libro es otra cosa, un ejercicio completamente distinto: acá uno se acerca mucho más a las personas y deja de hablar de ‘el caso’”.
Cantar la muerte: “El dolo, / duele y brota / el cronista aquel de sonriente verso / de relatos refundidos en escasas bibliotecas / yo lo he visto esquivando balas perdidas / y cuerpos impactados (…) Los he visto caídos / desterrados, despedidos / incluso aterrorizados / torturados, encarcelados / varios metros bajo tierra / muchos kilómetros alejados por la guerra / Periodista”.
E.A.: “Con estos libros hemos logrado no pasar los días con el dedo en la llaga. Esto, aunque tiene que ver con la herida, no sólo trata con el dolor. A mí me da una profunda alegría tener el libro de Daniel Chaparro en las manos, por ejemplo. Se siente como estar cruzando un umbral y romper la impunidad. Hemos dado un paso. Me parece muy emotivo que lo estemos haciendo de esta manera y no al lado de un estrado tratando de buscar unos culpables que nunca van a poner la cara para decir qué hicieron”.
D.C.: “Ahora, hay unos derechos al olvido que son individuales, pero que igual uno tiene que matizar a nivel social. Esta sociedad está muy ceñida a ciertas órdenes para borrar algunos pasados y por eso es que hay que hacer un deber de memoria más que de olvido. Cuando seamos una sociedad que sí esté reconociendo esos pasados, ahí sí olvidemos. La cosa es que acá se habla de pasar y pasar las páginas antes de llenarlas”.
E.A.: “Hay un poco de olvido y memoria en la sanación. La cosa es que uno está metido en una dictadura del olvido. Insistimos en traer el pasado, en dejar múltiples huellas de él, para que este no se repita. Pero sí creo que debemos olvidar. No podemos cargar con todo. No somos ‘Funes, el memorioso’”.
D.C.: “Lo que más lamento del asesinato de mi padre es que no dejaron madurar a ese poeta que estaba ahí: él era periodista, pero en el fondo era poeta. El más atroz de los crímenes, lo que no puedo perdonarles a los victimarios es que hayan asesinado a un joven poeta”.
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