16/05/2012
Por Marta Caballero (elcultural.es)
El poeta barcelonés regresa el viernes a Madrid con su show Loopoesía, un proyecto único a caballo entre varias artes que busca desacralizar la lírica. Además, presenta su poemario El gladiador silenciado.
Las mejores ideas no surgen de los garajes sino de los bares. Un jueves, Barcelona, interior noche: el inquieto Jordi Corominas, posado sobre una barra, mastica una idea. Le acompaña en el parto un amigo. Quieren crear una poesía nueva a través de un espectáculo. O, más bien, buscarle un nuevo canal a los versos de Corominas, ampliarlos con elementos escenográficos, música y material audiovisual. La experiencia del poeta catalán con el teatro se reduce a unos talleres en la universidad, pero va a atreverse: "Iré a una tienda de disfraces y compraré una máscara". Unos años y muchos shows después, el proyecto, que bautizaron como Loopoesía, se ha consolidado como una apuesta única en la lírica española. No es teatro ni performance, no es un recital ni una ceremonia, no es un concierto ni una conferencia. Es todo a la vez.
Loopoesía, que este viernes regresa a Madrid acompañada de un poemario editado por V&R, cambia cada año. Muta el poema río que conforma su esqueleto y cambian los temas y el show (antes hubo un músico y una bailarina), aunque mantiene algunas constantes, en especial al maestro de ceremonias, el propio Corominas, y algunas de sus obsesiones literarias. Así, las máscaras, la poesía misma, la reflexión pero despojada del habitual manto de solemnidad con el que se cubre este arte, el surrealismo ("involuntario", matiza el autor) y una firme vocación por extraer la poesía de los ámbitos academicistas, de la soledad del sillón, de las mesitas de noche.
"El proyecto cambia en función de los temas que me van interesando, temas que parten de una base pasada pero que enlazan con la actualidad, que evolucionan con el show, que a su vez va ganando tanto en lo escénico como en la escritura. Ya son cuatro ediciones, porque cada año hago un poema nuevo", comienza explicando Corominas (Barcelona, 1979), que con esta propuesta también pretende "desacralizar la poesía". ¿Razones? Porque es "un arte precioso que no ha sabido renovarse en la forma, y eso le produce mucho miedo a la gente", comenta el también novelista, y añade: "Aunque los poemas son muy serios, lo escénico funciona como elemento didáctico que nos ayuda a quitarnos el pavor, a verlo como una cosa más accesible".
Sus composiciones, ágiles y en un constante juego con el lenguaje, como da cuenta la versión más reciente, El gladiador silenciado, beben de recursos como la aliteración y se fundamentan en la constante innovación para construir una poesía muy visual con la que el espectador en el show o el lector de los poemarios pueda imaginarse lo que escucha o lee. "Es una forma de que la palabra fluya de manera natural, porque la poesía no puede escribirse con afán masturbatorio, tiene que llegar a la gente", advierte. Pero, con todo, no es la Loopoesía otro espectáculo de poetas que quieren ser estrellas del rock, al contrario: huye de la pose y de la posmodernidad -concepto que no acaba de creerse- y utiliza la tecnología de forma cauta, sólo cuando ayuda al discurso, como la empleamos en el día a día y no para meter paja entrelíneas. "El fenómeno de los poetas que actúan no sería malo si usaran las herramientas justas y los shows tuvieran sustancia. Muchos creen estar creando nuevos formatos poéticos pero se alejan de la poesía. En Looposía el show es un complemento de transmisión, algún día dejaré de hacerlo porque supone un gran esfuerzo físico y entonces el poemario lo sostendrá todo", distingue.
¿Y las influencias? "Pues hay más de Eliot que de un poeta de 2005" y, además, música pop de los sesenta ("tiene que haber alegría"), Pound, Joan Salvat-Papasseit, surrealismo, dadaísmo y otras vanguardias. "Lo absurdo está en todas partes pero lo que sucede es que nos tomamos todo muy en serio. Tendemos a evitar lo absurdo y, en realidad, es un factor que no está exento de cultura". No miente y, además, predica con el ejemplo: Corominas es un poeta contento, que sonríe y disfruta, y eso se ve poco.