10/03/2012
Por Jesús Alejo.
En tiempos de YouTube y Wikipedia, a los jóvenes hay que engancharlos con la brevedad del género, sugiere el autor,
Los cuentistas tienen la posibilidad de ver publicados sus relatos en revistas o suplementos, alguna vez en alguna antología y muy pocas veces reunirlos en libros: Jorge F. Hernández se sabe de las excepciones en un tiempo en que el género parece olvidado por las editoriales, en particular por las trasnacionales, al contar con siete títulos de cuento.
“Me siento más cómodo en el género, quizá porque tienen que ver con las cosas que platico en la sobremesa, muchos de ellos son anécdotas: son anécdotas verídicas que trastoco, tergiverso, por eso me siento tan a gusto.”
A la novela le tiene mucho más respeto, por eso sólo ha publicado dos; aunque incluso, está seguro de que lo mejor que pueden tener esas obras es que contienen cuentos dentro de las historias: “Me siento más a gusto en el cuento, porque soy puro cuento y quiero ser como Edmundo Valadés: vivir del cuento”, dice el colaborador de MILENIO, a propósito de la aparición de su más reciente libro El álgebra del misterio (FCE, 2011).
“Los cuentos los reuní convencido de que estaban narrados desde el mejor punto de vista posible: desde el azar. Me interesaba dar fe de que yo sí creo en el azar y que desde niño he tenido coincidencias y chiripadas, inútiles si se quiere: con este libro quería dar fe de que la vida está llena de azar y de misterios.”
Los relatos están dedicados a amigos y los que no están en la dedicatoria aparecen como personajes, lo que coincidió con el infarto que sufrió el escritor hace siete meses, por lo que de alguna manera se convirtió en una manera de “dar las gracias a tanta gente que me deseó buenas vibras”.
“Soy un devoto lector de Borges y de Bioy Casares; desde luego no pretendo estar a la altura de ninguno de ellos, pero les sigo mucho la sombra: todos mis libros de cuentos tienen un prólogo, que lo hacían ellos; todos tienden a lo fantástico, sin exagerarle, además de que trato de honrar a los cuentistas que a mí me fascinan, como Ibargüengoitia, Bioy, Borges, el cuentista que fue Paz, o Salvador Elizondo.”
Sus relatos nacen de experiencias, anécdotas, lecturas y hasta de obsequios de otros escritores, pero sobre todo de ese afán por volver verdad las mentiras. De niño decía que sus relatos estaban escritos o los había visto en un libro, lo que “se convertía en una manera infalible de decir que eso era verdad”.
“El primer reto del cuento es que sea conciso, que le quites toda la paja posible y trates de hacer lo que pedía Juan Rulfo, que se lea de una sola sentada, porque así se escribió. El otro reto es que se vuelvan creíbles las mentiras: nosotros los cuentistas somos puro cuento, y como la materia es muy maleable, tienes que aprehenderla en la memoria; cuando eso sucede, la mentira se vuelve verdad.”