27/02/2012
Por Lola Huete Machado.
La escritora superventas había avisado: "Cuando vuelas hasta Australia es cuando adquieres conciencia de la dimensión del mundo, de su inmensidad". Y tiene razón. La flechita en la pantalla del avión que marca la ruta va dejando atrás Europa, la península Arábiga, el subcontinente indio, se dirige a Singapur… Y desde allí aún queda una jornada laboral completa hasta aterrizar en la ciudad de Brisbane (dos millones de habitantes, en Queensland, noroeste del país, la tercera mayor de Australia), lugar de residencia de Kate Morton, la autora que ha conquistado el mundo desde Oceanía.
Solo de su segunda novela, El jardín olvidado, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España (y otros 250.000 con la primera, La casa de Riverton). Casi ocho millones en total, en 38 países. La tercera, Las horas distantes, se publica ahora aquí en la editorial Suma de Letras. Y en ella, otra vez sus obsesiones son explícitas: "La estrecha relación entre el ayer y el hoy, y también Inglaterra, con sus sagas familiares, sus casas antiguas, sus libros centenarios, con ese sentido de continuidad histórica…", explicará luego. Ese es el motor de sus narraciones: un pasado que se resiste a morir y acaba cimentando (o diluyendo) el presente.
A mayor éxito, mayor determinacion por mantener el equilibrio con su vida familiar. Café y colegios, cada mañana. Kate tiene dos hijos: Oliver, de ocho años, que no levanta la vista del libro, y Louis, el pequeño. / GILLIAN VAN NIEKERK
Kate Morton (Berri, 1976) traza vidas como esas líneas en los mapas de navegación; sus personajes, habitantes de un mundo y un tiempo concreto, van y vienen, aterrizan y despegan de él cargados de peripecias que se enlazan y entrecruzan; dibuja el rastro de los que estuvieron y ya no están, pero crearon un tejido que condiciona el de sus sucesores, el nuestro. Los avatares de tres hermanas marcadas por los sucesos en esas horas distantes de la Segunda Guerra Mundial es lo que nos trae ahora.
Tan lejanas, se diría, como Australia misma, que a ojos mediterráneos parece inalcanzable. Entenderla quizá sea acercarse un poco más a Kate Morton. Hay que abrazar gran parte del globo durante un día completo y adelantar el reloj y la cabeza nueve horas cuando se pone el pie en esta mancomunidad, su país, gobernada por dos mujeres, que es como una isla gigantesca en las antípodas (con una superficie cercana a la de EE UU, pero con 14 veces menos población, 22 millones, tan vacío que da vértigo); el segundo del mundo tras Noruega en el índice de desarrollo humano 2011. Puros nórdicos del Sur. América, Europa y Asia, fundidos en este verano austral. ¿Tienen problema de identidad los australianos? Morton dirá luego, sonriendo con su boca inmensa, que sí. “Tenemos una forma de vida muy norteamericana, pero la cultura con la que nos formamos y que nos atrae es europea y la influencia asiática es cada vez mayor”. Un melting pot que no acaba de reconocerse en sus orígenes aborígenes milenarios, que fue enorme territorio carcelario para los británicos desde el siglo XVIII, se independizó en 1901 y aún mantiene a la reina británica, Isabel II, como propia.
Curioso lugar al que el estereotipo actual ha dotado de minas, desiertos, eucaliptos, koalas, canguros, tiburones y playas repletas de surferos cachas sin fin. Asuntos varios y con tirón que sí son tal, pero que suelen aparecer poco o nada en la obra de Morton. Su ambiente literario es otro, mucho más de interioridades dramáticas y exteriores románticos; de decoración victoriana y acantilados amenazantes; de castillos ruinosos con paredes que rezuman historias y seres atormentados que languidecen cargando fardos de secretos familiares.
Mi literatura bebe de fuentes góticas, de aquello que mamé en mis lecturas
Más de viejo continente que de este en apariencia joven y próspero, en el que la crisis económica actual apenas es rumor en la costa y donde la arquitectura se levanta a imagen y semejanza del cóctel de gente que pasea por sus calles. Brisbane es puro ejemplo: el centro de la city es un mall continuo, todo producto es chino, hay gimnasios por doquier y playas urbanas en la ribera del río homónimo, que se desbordó justo ahora hace un año con resultados desastrosos aún no olvidados. "Mi literatura bebe de fuentes góticas, de aquello que mamé en mis lecturas juveniles, que solían ser de las hermanas Brontë, Dickens, Daphne du Maurier, Poe o Lucy Clifford, por poner ejemplos de la literatura victoriana que estudié". De educación británica, lo que la convirtió en lectora impenitente es, sin embargo, popular y siempre el mismo: "Sin duda, Enid Blyton".
Las historias de Morton discurren en diferentes décadas del siglo XX. Y con protagonistas muy dadas al surfeo existencial. Siempre mujeres (en su casa eran todas chicas), los hombres siempre en papel secundario. Ya son cuatro sus novelas. Tres publicadas y la cuarta, en camino (The secret keeper se titulará), se guarda en estos momentos en las tripas de su ordenador; cuarenta días le faltan para entregarla. Después, la obra tomará vida propia y ella pasará a otra que seguro ya ha engendrado su imaginación. "Debería ser más ordenada y organizada ya con cuatro libros, pero no es así, las historias me poseen a mí, no yo a ellas; me surgen ideas a todas horas". Y como una llegue a mitad de la noche, malo: debe saltar de la cama de inmediato y anotarla. "Si no, se esfumará con el sueño".
Dado el poco tiempo para la entrega, debe de estar agobiada Kate Morton cuando llegamos a su domicilio en Paddington, su barrio, donde, atestiguamos, ella sigue una tranquila y bucólica vida cotidiana: apacibles jornadas escribiendo junto a su esposo, Davin Patterson; sus dos hijos, Oliver y Louis; su perro Buddy, en una casa de madera con jardín donde las chicharras no paran de cantar ni un segundo. Paddington aparecía en El jardín olvidado, con su mercado de antigüedades, las tienditas de ropa vintage y objetos victorianos (medallones, perlas, sombreros ajados…); sus librerías, restaurantes, las casas con veranda salpicadas por las colinas como escena de cuento: todo madera, todo verde intenso… Hay cruces que recuerdan a esas calles de San Francisco onduladas de las películas made in USA.
Etiquetas: Kate Morton, Suma de letras, El jardín olvidado, La casa de Riverton, Las horas distantes

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