23/02/2012
El Sastre de Apollinaire acaba de publicar otro título de poesía, una aventura arriesgada en estos tiempos que corren y, a la par, muy necesaria por eso mismo.
Es posible que la poesía sólo se lea en pequeños cenáculos y círculos iniciados de intelectuales diletantes, es posible que la poca difusión editorial, su poca proyección mediática y el escaso número de lectores hagan de la poesía una comunicación inútil, un clamor en el desierto; y sin embargo, el tiempo juega a favor de cada verso, porque quizás la poesía tiene el don de adelantar tiempo al tiempo, de ir caminando como aquel que currit bene, sed extra viam
, por algún espacio paralelo del que se descuelga hasta nuestro presente cuando los lectores están maduros para entenderla, cuando se hace necesario un canto que antes nadie había cantado, cuando por fin una sociedad es capaz de comprender lo que el poeta, tan cercano al visionario, al chamán, al profeta, ha destilado en pequeños frascos sobre la página en blanco. Eso es lo que ha hecho Alberto Cubero en La textura metálica del dolor, ha destilado pequeños poemas sobre cada página; apenas una frase, dos, que son el espacio exacto para encerrar un pensamiento; esencia poética, no decir de más ni de menos, sino decir aquello que debe ser dicho.
El universo de La textura metálica del dolor es el de la gris penumbra en la que vivimos, existimos; las acertadas metáforas de factura surrealista gobiernan un apocalipsis coreográfico, donde los personajes, dibujados en sólo un trazo, en imágenes únicas, vagan de zanja en zanja, agazapados, temerosos, deslizándose entre el barro de la existencia con miedo, con profundo miedo a la oscuridad que pinta Cubero.
Es verdad, es tiempo de oscuridad éste que vivimos, una época oscura donde nosotros no tenemos cabida y el demiurgo terrible acecha cada vida en cada esquina, en cada telediario, en cada noticia leída, escuchada o susurrada; tiempo de masas y números, y sin embargo… es un tiempo vivido por el poeta íntimamente; sólo la conciencia individual puede transformar el mundo. No habrá alharacas sociales en este libro de Alberto, sino susurros para no despertar a la serpiente, pequeños actos, pasos cortos sobre el resbaladizo terreno de la existencia que, sin embargo, tienen sentido. No, no es Sartre, ni Camus quien habla al oído de Cubero, es él mismo, que aún cree en el ser humano incluso en esta oscuridad en la que vive, atreviéndose a mirar tras la grieta que un hombre con una antorcha apagada es capaz de producir en la negrura, dando a los demás tímidas esperanzas. La hostilidad del mundo puede vencerse, haciendo la utopía posible, convirtiendo cada acto individual en cósmico a través del exabrupto y del silencio, de la contradicción hecha virtualmente imagen poética. Cielos que aún en su negrura, atisban tímidos amaneceres a quien se atreve a recorrer con Alberto el camino, límites de la locura concebidos como el alambre de un funambulista que salvan abismos ignotos, grutas que recorrer concebidas por la desesperación y el miedo, pero a lo lejos…la salida. Sí, el romanticismo que tiñe aparentemente el texto, la desolación del alma romántica y el vértigo sobre el abismo, esa sensación de vacío que le hacía exclamar a Hiperión: Über dir vor dir es freilich leer und öde,weil ist in dir leer und öde (Todo es vacío y desértico sobre ti y ante ti, puesto que tú llevas el vacío y el desierto en ti) es superado por la esperanza del esfuerzo de quienes recorren este mapa de dolor, y así, de la mano de otro romántico, Shopenhauer, el consuelo y la aceptación de sí provoca el cambio, la trasmutación, la metamorfosis del mundo. Sólo hay un escollo insalvable, un límite cierto para la utopía: el relojero, personaje final del texto, último poema.
Los poemas de Cubero están acompañados por los dibujos de Leandro Alonso. No es una ilustración del poemario, sino una conversación entre los dos artistas; uno y otro dialogan colgando sus piernas sobre el abismo que ha dibujado Alberto y ha manchado de aguadas negras, de óxido, de texturas metálicas, Leandro. No sólo tenemos un libro de poemas, tenemos un objeto artístico a nuestro alcance.
Quizás debiéramos leer ahora más que nunca poesía, quizás debiéramos leer ahora a Alberto Cubero, quién sabe si así, desde esa región donde habitan los poetas, el aviso a las conciencias tenga frutos, y como los hombres de esas antorchas apagadas, seamos sin embargo capaces con ellas de encontrarle la grieta a esta noche en la que vivimos.
Reseña de José Manuel Querol (Universidad Carlos III)
Etiquetas: alberto cubero, la textura metálica del dolor, leandro alonso, poeta

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