09/02/2012
"La razón lleva las riendas de la prosa, que apunta a afectar nuestras facultades intelectuales; la poesía lleva las riendas sueltas (o carece de ellas, se monta a pelo en la yegua no domada del instinto verbal) y nunca sabemos a dónde nos puede conducir."
De todos los géneros literarios, el que yo más quiero es la poesía. Como lector es el que más frecuento; como escritor, el que más temo. Los grandes poetas -Juan de la Cruz, Pessoa, Kavafis, Machado, Szymborska, De Greiff- se dedicaron a un oficio peligroso: a filtrar por su mente todas las cosas del mundo; a registrarlas como esos sismógrafos hipersensibles que perciben un leve movimiento en los antípodas y luego a devolvernos su vivencia en una extraña y precisa (simple y rara a la vez) combinación de palabras y sonidos. Todos los seres humanos estamos obligados cada día a traducir la experiencia, el pensamiento y la vida al lenguaje. El poeta no hace nada distinto, pero debe hacerlo con más intensidad y escoger cada palabra y cada frase con la misma cautela de vida o muerte con que un artillero desarma una bomba de tiempo. Esas palabras brotan en bruto del pozo más oscuro de nuestra mente; surgen sucias y ásperas, por lo que hay que pulirlas con mucha paciencia. En este sentido la poesía es el alcaloide del arte literario, la parte más difícil y decantada de ese maravilloso don humano: la palabra.
En cierto sentido la poesía representa la verdad instintiva del lenguaje despojada de la tiranía de la razón. Paradójicamente, incluso las viejas reglas poéticas (musicalidad, ritmo, rima, medida) sirven a la aparición de lo profundo pues lo que prima en la busca de una palabra no es la lógica ni la coherencia ni la claridad, sino la eufonía, y por ese camino se cuelan las emanaciones de lo más primitivo, una especie de pensamiento impensado, o instintivo. Por eso el poeta que consigue combinar varias palabras en una frase perfecta, siente un antiguo goce animal. La razón lleva las riendas de la prosa, que apunta a afectar nuestras facultades intelectuales; la poesía lleva las riendas sueltas (o carece de ellas, se monta a pelo en la yegua no domada del instinto verbal) y nunca sabemos a dónde nos puede conducir. En este sentido la poesía es una liberación: se le cede el gobierno a esa parte de sí que día a día, por conveniencias del grupo y por la sana convivencia social, tenemos que encarcelar. En el momento creativo aquello que no es control, claridad, equilibrio, lucidez, se toma el poder y da un momentáneo y gozoso golpe de estado.
La razón, en el fondo, ama y ve con condescendencia las insensateces de la poesía. La ama como se quiere a un hijo díscolo, o loco, a quien se lo protege de sí mismo. La razón no quiere que ese hijo frágil, leve, de cristal, perezca por su propia imprudencia. Por eso, con amor, mediante una tiranía casi absoluta, lo encierra. Pero la poesía siempre encuentra momentos para fugarse del abarrotado corazón de su amo.