26/12/2011
Un castizo diría que Dios los cría y ellos se juntan. Basta saber que, con cinco años, Olga publicaba cuentos; con 12 tenía un programa de radio en Budapest y tres secretarias contestando su correspondencia. Con 15, era intérprete oficial del gobierno húngaro. “Venían a buscarme al colegio, con los cochazos negros del partido... Es que no había gente que hablara español y húngaro”, comenta. Ella hablaba español, francés, húngaro... Y poco después, checo y ruso. El mapa lingüístico de su vida, hasta que con 21 años vino por primera vez a España, donde tuvo que aclarar muchas veces que no era hija de diplomáticos sino de exiliados. “Fue tremendo el choque entre Budapest y la Valencia de los años 60. Pese a mis cinco idiomas no entendía nada, porque la idea que mis padres me habían transmitido de este país era el de la España republicana”. Pero aquí se quedó. Trabajó como funcionara y publicó varios libros: “Poesía de andar por casa”, “El tiempo no lo cura todo”, “El vals de las orquídeas”... Porque según dice, “nunca he entendido el mundo y escribir para mi es un intento de entenderlo.” De modo que, mucho antes de conocerle, Sampedro era un referente para ella. Por eso, cuando se encontró con él, le costó mucho tiempo tratarle de tú. El escritor, en cambio, recuerda que le describió detalladamente a su secretaria el sombrerito que llevaba Olga el día que la conoció. Y lo que ella pensó de tan insólita precisión: que aquel encuentro iba para largo. Ahora están los dos enseñándole la casa al fotógrafo. A cual más distinto: ella a sus 64 años, con su saludable aire de dama centroeuropea; él a sus 94, con su quijotesca fragilidad. Pero con una afinidad a toda prueba. Porque como él dice, con esa puntería para describir las cosas que le caracteriza, “ni una sola vez nos hemos ido a la cama con la mala sensación de no estar con la persona adecuada”.
Mujer hoy. ¿Es verdad eso de que se conocieron en un balneario?
Olga Lucas. Es verdad, en Alhama de Aragón. Él iba desde hacía 40 años y yo durante 20, pero en distintas fechas. Yo, como era más pobre, tenía que esperar la temporada baja. Un año los dos fuimos en temporada distinta de la habitual y coincidimos.
Es como para creer en el destino...
Sí, es cierto. Mucho antes, cuando la tele aún era en blanco y negro, le vi un día y pensé: “Es el hombre de mi vida. ¡Qué pena que no sea alguien de carne y hueso!”. Pero nunca hice nada por conocerle, como ahora sé que se hace, cuando veo su correspondencia y leo a todas esas fans que le escriben cosas de lo más apasionadas... Yo nunca me hubiera atrevido. Pero la vida, de modo natural, me dio la oportunidad de conocerle.