07/12/2011
Su última novela es una historia de soledad tecnologizada en el Japón del tercer milenio. “Otros libros míos son muy exteriores, tratan de política, de la mafia en el Caribe, etcétera. Ahora quise hacer algo mucho más personal”, señala.
El peruano Santiago Roncagliolo no dice que nació, sino que abandonó el útero materno en 1975, “tras cuatro días de feroz resistencia”. A los 36 años ya no es un niño, obviamente, pero su rostro multifacético tiene costados angelicales y algunos rincones donde se asoma el rostro de un hombre feroz, complejo. Este muchacho simpático, que podría competir con el mexicano Juan Villoro en eso de parecer o ser amable ante el prójimo que se le ponga adelante, vivió su niñez en México, país al que su familia llegó huyendo del gobierno militar de Perú a principios de los ’80.
Llegó a Madrid en el 2000, cuando ya podía decidir por sí mismo y tras ejercer varios oficios en España (“He sido negro literario, guionista de telenovelas, periodista de investigación, asesor político, biógrafo de una millonaria, traductor de literatura gay –y también hetero– y he pasado unos meses sabáticos dedicados al servicio doméstico”, escribe en un blog de su autoría), se convirtió en un escritor de sus propias historias y a tiempo completo.
Las cosas no fueron bien al principio, por el contrario, tuvo que acostumbrarse a ese mal sabor de boca que dejan los manuscritos rechazados por una y otra casa editora. El tema es que cuando las cosas fueron bien, fueron tan bien que comenzaron a ir un poco mal, de nuevo. Su novela Abril rojo, ganadora del Premio Alfaguara en 2006, lo convirtió en el escritor más joven en la historia del premio y dio vuelta la vida de Roncagliolo en forma radical. El autor estuvo durante tres años girando por el planeta, sin poder gobernar sus propios actos, a merced del mercado literario que lo quería aquí y lo quería allá, tal era su condición de flamante estrella de la escritura en esos tiempos. Los críticos que amaron Abril rojo, lo llamaron un thriller pulido. Los que la odiaron, también.